sábado, 9 de diciembre de 2017

Mis Libros Leídos: Seis historias de Madrid – Darío Ruíz Gómez

Ruíz Gómez, Darío (2017) Seis historias de Madrid. Universidad de Antioquia. Medellín, Colombia.


La noche tiene la virtud de borrar toda referencia de lo que aconteció durante el día, de borrar el eco de las multitudes que caminaron por el enjambre de callejuelas o que charlaron en las terrazas de bares y cafeterías, de eliminar datos y nombres de calles y edificios y dejar solamente ante la mirada del flâneur a la deriva los contrastes que el alumbrado municipal va creando al formar volumetrías, horizontalidades y verticalidades, esas geometrías inconsultas que la oscuridad en su contraste con la luz eleva a plano estructural, a remate visual autónomo: como ahora, entre el azulino vapor que sube del adoquinado, se constata que ha desaparecido la profundidad de campo que permite establecer de manera inconsciente las distancias en la perspectiva del ojo, y lo que resta es el plano único que impone la limpidez de la atmósfera y en el cielo las súbitas conquistas de los astros recordando que cada noche es un relato diferente acerca de los días y los oficios de los hombres (pp. 131 – 132).

Seis historias de Madrid (2017), publicado por el sello editorial de la Universidad de Antioquia, es el libro más reciente de Darío Ruíz Gómez, el escritor antioqueño que durante treinta años fue profesor en la Universidad Nacional de Colombia (Medellín), y recientemente Fellowship Writer de la Universidad de Iowa. Con este libro de cuentos rinde un homenaje a la escritura clásica que se sustenta en el rigor de la memoria y la fuerza de la imaginación.

De Darío Ruíz Gómez, debo confesarlo, no había leído ni oído nada antes de toparme con este libro de cuentos. Una mañana, la editorial de la Universidad de Antioquia se contactó conmigo y me preguntaron si quería recibir alguna de sus novedades editoriales; me dieron a elegir entre dos títulos y me decidí por Seis historias de Madrid. Es un libro sencillo en su formato, de tapas verdes, bien diseñado y sin ningún error detectable en la redacción; no llega a las doscientas páginas y ciertamente, es sumamente fácil de cargar. Seis cuentos, casi todos de la misma extensión, que le permiten al lector reflexionar sobre el oficio de la memoria en la literatura y cuán potente es su uso para desarrollar una historia. Después de leerlo, me queda la sensación de que Ruíz Gómez es uno de esos narradores hábiles que se han mantenido al margen, durante muchos años.

El libro inicia con una breve nota biográfica sobre el autor y una presentación de los textos a manera de prólogo; luego viene el primer cuento Hoja seca, narrado con un tono excesivamente metafórico y una cantidad de imágenes que van desembocando, una a una, en simples fraseos que más que contar algo, encierran un olor nauseabundo entre letra y letra. En este caso, los olores que el lector logra percibir no son otra cosa distinta que el fétido e incómodo aroma a mierda. Sí, a mierda, porque en este cuento la memoria explora tan profundamente los sentidos del protagonista que, de repente, sentimos que somos nosotros los que caminamos por las calles, oliendo, huyendo de esa mierda que deja la guerra una vez que ha terminado.

El segundo cuento, La habitación del ángel, me recuerda un poco lo que sucede en El retrato de Dorian Gray, en el que toda la trama surge a partir de un lienzo. Aquí, el personaje principal se deja llevar por el recuerdo al quedarse parado frente a un cuadro. El estilo narrativo es extraordinariamente serpenteado y, hay que decirlo, si no se lee con atención, es probable que no se entienda nada. Caso contrario al del tercer cuento, mi favorito de los seis, Como el verano que se va, en el que todo sucede al interior de una tienda y son las formas, las figuras, los sonidos y los volutas de humo aquellos elementos que configuran la historia; una mujer entra y sale tras quedarse acariciando a un gato regordete, un hombre misterioso observa a los clientes, un niño que no se sabe si está en sus cabales y el tendero, más un hombre regañón que un padre servicial, son algunos de los personajes que aquí participan.

Los otros cuentos, lejos de ser malos, no despertaron en mí el interés suficiente: Letras muertas, Calle menor y Biografía, cierran el libro haciendo caso al anhelo del autor por narrar desde el recuerdo, tejiendo finamente las memorias, esculpiendo con la mente las calles de Madrid, los monumentos, los edificios y la forma de hablar de la gente, de los que andan, de los que se quedan parados esperando a que algo ocurra y los despierte del letargo.

Seis historias de Madrid es un libro escrito con rigor y, de alguna forma, su autor le rinde un homenaje a la escritura clásica de ficción, a las formas barrocas de la narración, a los recuerdos que nos mantienen despiertos e invaden nuestra mente a cada paso, nos hacen ser quienes somos y nos permiten seguir andando, de frente, hasta el final del callejón de la vida que, de a poco, se hace letra” (Diciembre, 2017).

sábado, 25 de noviembre de 2017

Mis Libros Leídos: Niebla en la yarda – Estefanía Carvajal Restrepo.

Carvajal Restrepo, Estefanía (2017) Niebla en la yarda. Angosta Editores. Medellín, Colombia.

(…)A veces pareciera que la vida nos guiña el ojo, como una muchacha bonita que coquetea con el hombre triste sentado al otro lado de la barra del bar. El destino, cómplice de aventuras y desventuras, quiere que las situaciones adversas nos sean un poco más llevaderas. Las coincidencias son mensajes cifrados que nos dejan con la boca abierta, o bien logran arrancarnos una carcajada nerviosa mientras pensamos ‘esto no puede ser posible’ (p. 38).


“Con tres historias y una cuarta que no pudo salir, este libro da cuenta de las penas que tuvieron que pagar Asdrúbal, Javier y El Lince, en prisiones de los Estados Unidos; tres colombianos privados de la libertad por haber escogido el camino equivocado.

'Niebla en la yarda', de Estefanía Carvajal Restrepo. Imagen del libro, cortesía de Angosta Editores.

Santiago Gamboa ha dicho que mientras leía este libro sintió que se le quemaban los dedos. Una imagen fuerte, pero diciente de lo que puede llegar a experimentarse con esto que ha escrito Estefanía Carvajal Restrepo, una joven periodista que pasa sus días al interior de la redacción del diario El Colombiano, en Medellín. El libro, publicado por la editorial de Héctor Abad Faciolince e incluido en su colección Ébano de No Ficción, sufrió un percance durante el momento de la edición y esa es la razón por la que sus últimas páginas están cubiertas con tinta. Lo que sucedió es que uno de los protagonistas de las historias no quiso aparecer en la publicación, y ya con el libro impreso no hubo otra solución más ecológica que la tinta. Es una pena para los lectores, pero qué bonito, más allá de todo, para la autora, saberse creadora de un libro que está envuelto entre tantas anécdotas y que ha podido ver la luz después de tanto esfuerzo. Yo creo que eso piensa, a veces, ella.

Ese nombre suyo que empieza con los tonos medios de la E y termina con la boca abierta de la A, lo escuché por vez primera a inicios del año 2016, cuando en la prensa circulaba la noticia de una joven periodista que comenzaba a sobresalir por su trabajo. En aquel entonces, Estefanía Carvajal era parte del equipo multimedia de El Tiempo.com y fue allí en donde encontré el primer artículo que hacía referencia a su galardón: “Estefanía Carvajal Restrepo (…) ganó este martes el premio del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) en la categoría de ‘Mejor Tesis’ por su trabajo ‘Tras rejas extranjeras’. Este escrito narra las vivencias de tres colombianos privados de su libertad en Estados Unidos. A través de sus experiencias en las cárceles americanas, los protagonistas evidencian sus lados más vulnerables, sus miedos, sus necesidades y sus anhelos, pero también sus costados oscuros incrementados por el hecho de estar en prisión”. El texto está fechado el 10 de febrero y va acompañado de una fotografía de la feliz ganadora.

En ese momento, supe que algo bueno podía llegar a ocurrir con aquella joven que llevaba el cabello rojo casi hasta la altura del pecho. Cómo no pensarlo, cómo no esperar algo bueno si aquella periodista tenía la misma edad que yo. Lo que queda es tiempo, lo que vienen son días, lo que espera ahí afuera son historias que merecen ser contadas, y ya creo que ella se fijará en más de una.

La tesis original (Tras rejas extranjeras) fue rigurosamente trabajada por la editorial Angosta hasta darle la forma de un buen libro de No ficción. De tapas negras, con una “a” que evoca la imagen de un cercado alambrado, el título y el nombre de la autora en color blanco, el logotipo de la editorial, angosta aquí, angosta allá; un color beige de fondo para lo que viene siendo el texto ubicado en la parte trasera del libro, aquí también hay tinta para cubrir el nombre de quien no quiso ser nombrado; en el interior el color negro se mantiene, acompañado de tonos ligeros en los que resaltan mapas norteamericanos al inicio de cada historia. 221 páginas en total, un índice pintoresco, un preámbulo de César Alzate (quien dirigiera la tesis de Carvajal al interior de la Universidad de Antioquía), las historias de Asdrúbal Brid, Javier Marulanda y El Lince. Un libro fácil de cargar, aunque delicado si alguna lluvia bogotana llega a tocarlo en sus esquinas (me pasó, pero por suerte las tapas negras resistieron); una magnífica obra periodística que se trepa a las estanterías colombianas y, como lo dice Gamboa, producto de una muy buena autora que entra por la puerta grande del periodismo narrativo.

Las páginas con tinta de 'Niebla en la yarda'. Cortesía de Angosta Editores.

La primera historia es la de Asdrúbal Brid, un cartagenero que por andar metiéndose donde no debía, por querer hacer más con menos, terminó en problemas con la justicia colombiana y luego, con la norteamericana. Su carisma le permitió sobrevivir sin mayores complicaciones durante catorce años de prisión, pero el tiempo pasa lento al interior de una celda y eso a Brid le pesaba tanto como si cargara el mundo en su espalda. Pagó tres veces por la misma condena a causa del precario sistema penitenciario que en nuestro país se lleva a cabo, y por la indiferencia de los jueces estadounidenses, quienes no sienten lástima alguna por los extraditados que llegan a sus cortes. En la cárcel, Asdrúbal Brid conoció a todo tipo de cautivos, de casi todas las nacionalidades, y con muchos de ellos logró entablar una buena amistad, siempre buscando a su combo de colombianos. Apodado “El Mamaburra”, el cartagenero se hizo fama de servicial y así logró pasar los días que ahora recuerda lejanos, tras rejas extranjeras.

El 15 de mayo de 1983 fue capturado Carlos Javier Marulanda, protagonista de la segunda historia, en territorio norteamericano, por intentar venderles droga a los gringos. Se había aliado con una jovencita de dieciocho años a quien la cocaína le interesaba más que la vida misma; a ella le confió el contacto con los compradores y fue así como en un descuido terminaron en manos de la DEA. Resulta que uno de los compradores, por el que los apresaron a Marulanda y a la joven, era un informante llamado Lynn Wood. Así las cosas, la prisión era inminente.

De un lado a otro, sufriendo los abusos de los guardias más despiadados, encontrándose con los presos más peligrosos, reviviendo una y otra vez los fantasmas de su pasado, y perseguido por una intachable estrella de mala suerte, Marulanda pasó cerca de 30 años en la cárcel (ahora está libre y vive en Colombia), y en más de una ocasión estuvo en peligro su vida. Cuando el lector ya ha leído la primera historia y llega a esta, es imposible no establecer un comparativo y definir que sí, a este tipo le tocó una época difícil. Es este el pasaje del libro con el que más nos quedamos, por la complejidad narrativa que presenta y las fuertes imágenes que se nos relatan. Al llegar al final, de alguna forma, se siente alivio en las pupilas.

La tercera y última historia es la de El Lince, de quien no sabemos nombre en ningún momento. Oriundo de Medellín, este hombre con ojos azules estuvo desde 2011 hasta 2013 en la cárcel, primero en Colombia y luego en Estados Unidos. Corrió con la suerte (o la desgracia) de compartir celda con personas a quienes ya conocía de antes; en ocasiones, la convivencia era difícil, pero siempre aparecía la forma de hacer que las cosas mejoraran. El Lince era un tipo rezandero, no se metía con nadie y tampoco se metían con él, no porque fuera el más matón o peligroso de todos, sino porque tenía tras de sí el legado de sangre que dejó Pablo Escobar. Cuando un paisa es puesto en prisión ajena a su territorio, el ‘patrón del mal’ suele convertirse en una especie de ángel de la guarda. ¿Quién se va a querer meter con alguien que viene del mismo lugar en el que nació, vivió y murió uno de los delincuentes más temidos del mundo? Así pues, el tiempo que estuvo como prisionero, El Lince lo pasó sin mayor inconveniente, casi como Asdrúbal Brid, y para pasar los días hizo algo que había jurado no volver a hacer desde que consiguió su título de bachiller a los veintidós años, animado por su esposa: estudiar. El Lince prefirió estudiar a quedarse parado sin hacer nada al interior de una celda incolora y más fría que la sangre de un asesino. Logró superar un examen con el que lograba conseguir el título de bachiller en territorio estadounidense y canadiense, y ante todo pronóstico lo nombraron profesor de los futuros aspirantes; se dio cuenta, entonces, de que era muy bueno con las matemáticas. Cuando llegó el momento de volver a la libertad para ver a su familia y a los amigos con los que jugaba fútbol y bebía cerveza, El Lince estaba dichoso y los últimos tres meses fueron los más largos de todo su encierro. Finalmente, se reunió con los suyos y ahora pasa sus días en la ciudad de la eterna primavera, recordando una dieta excesiva de manzanas y atesorando la mirada de su esposa por las mañanas.

El tiempo se hace eterno tras unos barrotes, los minutos se hacen horas y las horas parecen días. Sea cual fuere la razón por la que estos tres personajes se vieron en la necesidad u obligación de transitar por el camino equivocado, no queda duda de que ya han purgado sus pecados y están comprometidos consigo mismos a no caer de nuevo en malos pasos. Asdrúbal Brid, Carlos Javier Marulanda y El Lince son tan solo algunos ejemplos de los muchísimos colombianos que han pasado sus días, o que los siguen pasando, al interior de una prisión extranjera, alejados de los suyos, viviendo el flagelo de la distancia y el frío, pagando con creces por sus errores. 

Estefanía Carvajal Restrepo ha logrado dar el paso necesario, ha escrito un muy buen libro con el que se ha metido por la puerta grande de la literatura colombiana y que la ubica, me atrevo a decirlo, como una de las periodistas con más proyección en nuestro país. Ojalá que no pierda el toque, el deseo, la disciplina y la pasión de contar historias, porque lo que hizo acá le deja el listón bastante alto, al decirnos a nosotros, sus lectores, que a veces las cosas buenas se pagan con cosas malas” (Noviembre, 2017).

jueves, 26 de octubre de 2017

Mis Libros Leídos: Mar de (L)una – Fermina Ponce.

Ponce, Fermina (2017) Mar de (L)una. Edit. Oveja Negra. Bogotá, D. C.

‘Mar de (L)una’, Fermina Ponce. 
Editorial Oveja Negra. 66 páginas. 
Tapa blanda. $16.000 COP


“Sólo esta noche,
aunque sea sólo por esta noche,
una tregua sin bandera,
que no sangre ni desangre,
con la paz de tu voz y mi tonada” 
(Tregua. p. 23).


“¿De dónde vienen los poetas? ¿Quiénes son estas personas que escriben versos cortos y sinceros, en ocasiones, desgarradores? ¿Por qué parece que cantan y casi nadie escucha sus voces? Yo quiero saber de dónde vienen los poetas que bajo la mesa se acurrucan para unir dos o tres palabras, elaborar una imagen con las manos y susurrar al oído de los otros: “Esto no se canta, compadre, se declama”.

La poesía de Fermina Ponce es eso, precisamente, declamación pura. Tres pasajes son suficientes para que el lector se adentre en estos versos que al interior de Mar de (L)una se construyen. Tormenta, Noche y Luz, como tres gotas de agua sobre la ventana en la que nuestro reflejo se distorsiona, se hace más ancho, más borroso, un tanto más perdido. El reflejo de una mujer que llora en silencio y le habla a ese silencio tan suyo y tan ajeno, le pregunta cosas, le pide consejos, le confiesa secretos. Uno como lector se ve a sí mismo en esos trazos, en esas líneas. En mi caso, yo me digo, a partir de los títulos de estos poemas:

Estás perdiendo, si ante un golpe no buscas tregua; si de repente, lunática es la vida, tan difusa que parece un crimen vivirla. No preguntes por el infinito, tremenda injusticia es sabernos con fecha de caducidad y no poder hacer nada para remediarlo. El silencio, tan frío, nos mata de a poquitos, a ti y a mí, mientras en el cielo se alza sin vergüenza una tremenda, tan bella, (L)una de sangre. ¿Te la sabes, no? No es tan complicado mirarse al espejo, probarse un vestido de remiendos y quejarse ante la desolación repentina. Quiero decir que la vida es como el velo que lleva la novia sobre el rostro, tan fino y tan incierto, ¿quién irá debajo? ¿Es una mujer que se anima a pensar su vida en compañía de un amante? O, por el contrario, ¿se trata de alguien que ha decidido guardarse en sí misma por el resto de sus días? Señora muerte, por favor, no me salgas con sorpresas, si me vas a cortar las alas, avísame, pues. Mándame una señal, déjala suspendida en el aire, que levite un ratito, ponle color azul, sí así, como si fuera un poema. Déjame ver a lo lejos cuán rota va quedando la esperanza en la franja de Gaza; a Uno no le queda ya tiempo de preguntarse si en otro lugar, mientras aquí calienta el sol, estarán bien o mal, cómo vivirán; te pido no me dejes ir sin antes gritar por las que han sido silenciadas, como la mamá de Lucinda, o la tía de Marianela, ¿para qué nombrar más?, dos ya es un número muy grande: ¡Basta ya, ni una menos! Merecen seguir, por ellas respiramos. De eso, muchos no se han dado cuenta. Pocos, muy pocos sabemos reconocernos en el otro, en el brillo de sus ojos, en los hilos de plata que se tejen en las pupilas que nos miran sin mirarnos. Ay, muerte frívola y pendenciera, no te me hagas la lista, eres como el vientecito que se siente al asomar la cabeza por la ventana del auto, acaricias a la vez que abofeteas. ¿Alguna vez me dejarás libre de responsabilidad? ¿Pondremos fin al contrato que, sin que lo supiera bien, me hiciste firmar? Quiero caminar junto al mar y decirle a una mujer, quien sea, que lo bello de esta vida no son las sutilezas, sino los momentos en que nos ponemos a observar, haciéndonos más pequeñitos, como los niños que fuimos, en medio de un Mare tranquilitates, en donde uno y uno son dos, y el resultado de la raíz cuadrada de 22 nos tiene sin cuidado, aquello que la inmensidad nos ha permitido apreciar, ese poema que no muchos han podido leer, ese que escribes tú, que escribo yo, el que recitamos sin saber, con exactitud, quiénes somos y para dónde vamos”.

A fuerza de palabras surge este libro de poemas, este delgado ejemplar ilustrado por un gringo enamorado de las formas, prologado por un lector inagotable como lo es Juan Gustavo Cobo Borda y comentado por otro amante de la poesía, José Luís Díaz-Granados. Aquí, la voz de Fermina Ponce se alza para estremecer al lector, lo logró conmigo, para decirle que se ha parido a sí misma, sin saberlo, y que ha vivido su vida dos veces, sin quererlo” (Octubre, 2017).

miércoles, 25 de octubre de 2017

Mis Libros Leídos: Tiempo muerto – Margarita García Robayo.

García Robayo, Margarita (2017) Tiempo muerto. Alfaguara. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá, Colombia.

‘Tiempo muerto’, Margarita García Robayo.
Alfaguara. Penguin Random House. $43.000
(…) Ese clima, que todo el año era igual –aunque se empeñaban en decir que cuando llovía era invierno y cuando no llovía verano–, te iba chamuscando el cerebro por pedazos, y era así como, a la mediana edad, niños que habían nacido rosados y avispadísimos se convertían en señores marrones que caminaban en círculo, sin prisa ni perspectiva. Aplastados, entregados al vicio de no hacer nada (p. 88).


“(…) Tiempo muerto es la historia de Lucía y Pablo, una pareja de esposos que a lo largo de los años han ido distanciándose y, de repente, lo único que surge entre ellos es la tensión de saberse juntos e imposibilitados ante lo evidente: su matrimonio ha llegado al ocaso. Tomás y Rosa son sus hijos, unos niños pequeños que son cuidados por Cindy, quien está encargada del servicio de la casa y demás asuntos materno-caseros, por ello los niños pasan más tiempo con ella y da la impresión de que disfrutan en un grado mayor el hecho de estar en su compañía que en la de su madre. Los niños son apáticos, ni de este o aquel lado, ni grandes ni pequeños, perdidos en el mismo limbo que entre sus padres se ha creado. Por un lado, está Tomás con sus comentarios racistas y sus actitudes de niño genio con problemas de socialización; por el otro, la pequeña Rosa, el claro ejemplo de lo que puede llegar a sucederle a una niña que es expuesta desde temprana edad a los ritmos descaderados del reggaetón sandunguero y restregón. Sin embargo, hago la aclaración, no es que los niños de este matrimonio fracturado sean raros o sumamente exóticos, dando la impresión de que han sido maleducados, consentidos hasta la saciedad y puestos frente al televisor más horas de lo normal, protegidos por una versión barata de Jennifer López que lava platos, pisos, ropa y hace de comer, prepara bailes en la sala de la casa y llega sin avisar, a la hora que le pega la gana. No, estos niños son como son a causa de aquellos vacíos que se gestan en quienes van de un lugar a otro, esperando encontrar al fin un sitio para encajar, sentirse realizados, acoplados, un sitio que se ve a lo lejos y promete la tranquilidad, un sitio que se hará concreto hasta que pase un huracán.

Aprovecho la intertextualidad para mencionar otro de los títulos de la autora (Hasta quepase un huracán, 2012. Reeditado por Laguna Libros en 2015) en donde explora aquel interés por la identidad y la imposibilidad de pertenecer. Los personajes de Margarita García Robayo siempre van en busca de algo, tanteando, esperando, reflexionando acerca de la posibilidad de vivir y nada más, saberse presentes en un mundo repleto de ausentes. A lo largo de su obra, esta escritora se ha planteado tratar lo referente a la diáspora latinoamericana, la disolución de las identidades nacionales, los clanes familiares, los conflictos raciales y de clase.

Volviendo a Tiempo muerto… Aquí, [la autora] no solo trata el concepto de la pérdida de identidad inmerso en un matrimonio que se viene abajo, también lo hace a partir de la figura de la madre, que no tiene hijos para que sean suyos, sino para que sean simplemente personas. Los ha parido, sí, y visto crecer, pero eso no le da acceso a nada, no le garantiza nada. “¿Qué es ser madre?”, es la pregunta que a través del personaje de Lucía se hace la autora de esta novela en la que la vida se teje al interior de una bola de estambre, en donde nada entra y nada sale. Y pasa el tiempo, pasa el tiempo, pasa el tiempo. El lector así lo siente en cada pasaje, con cada personaje: Lety, Sarakey, Kelly Jane y su mamá, Gonzalo y Elisa, su hijo extraño, las holandesas, David Rodríguez, Rosario…

La historia del amor destruido entre Lucía y Pablo es un retrato fino de ese tiempo vacío que se da entre dos personas que se aman, pero que se desconocen por completo; de ese viento tenue que sopla en los rostros y mueve los cabellos, que no acaricia sino que abofetea de a poquitos; el retrato de algo que fue y que ha decidido dejar de ser, una vida que se pensaba en plural y se ha dado cuenta de que no puede ser, de que no se pueden fijar momentos, no se pueden guardar recuerdos frescos para siempre, pues somos todos víctimas inconclusas de ese tiempo muerto que va pasando y arrasando en cada gesto” (Octubre, 2017).

miércoles, 18 de octubre de 2017

Mis Libros Leídos: Al otro lado del mar – María Cristina Restrepo.

Restrepo, María Cristina (2017) Al otro lado del mar. Edit. Alfaguara. Penguin Random House, Grupo Editorial. Bogotá, Colombia.

‘Al otro lado del mar’, María Cristina Restrepo.
Alfaguara. Penguin Random House, Grupo Editorial. 253 páginas. Tapa blanda. $45.000 COP

“(…) Al otro lado del mar es la novela más reciente que ha publicado María Cristina Restrepo y, respaldado por ciertas opiniones, me atrevo a decir que se trata de su obra maestra. En este libro, la autora antioqueña se permite hacer uso de toda estrategia narrativa necesaria para contar la historia de una pareja de alemanes que se ve obligada a abandonar Cartagena, tras ser deportados, él y ella, a su país natal, en medio de la guerra.  “La relación entre Colombia y Alemania, diseccionada a través de un manojo de personajes del comercio y la diplomacia que se ven confrontados a las deportaciones provocadas por la guerra entre el Tercer Reich y los Aliados, es lo que caracteriza principalmente [a esta novela]. Alemanes, que no nazis, expulsados por el gobierno de Eduardo Santos bajo las exigencias de los Estados Unidos. Alemanes que desde el caos, el hambre, el frío y la violencia en Europa añoran la luz, la concordia, los sabores y los olores, la gente cordial de un país llamado Colombia.  Y resulta paradigmático, por no decir conmovedor, que un país como el nuestro, que habría de convertirse después, durante la segunda mitad del siglo XX, en uno de los trasuntos de otro horror planetario, sea evocado por estos alemanes desamparados como el único lugar donde es posible la salvación”.  El escritor Pablo Montoya, a quien le debo esta cita, ha sabido resaltar las cualidades de esta novela que, narrada como si se tratara de una película, les permite a los lectores transitar, de la mano de una voz omnisciente, hacia un abismo en el que hay un manantial como fondo. Continúa el autor: “Me atrevería a decir que el primer gran acierto, de entre muchos, que tiene Al otro lado del mar (…), es haber afianzado su hermosa y adolorida narración en esta premisa. Contar los avatares de un grupo de alemanes buenos en medio de la inclemencia de la segunda guerra mundial. Oponer al buen gusto, a la exquisitez, a un cierto espíritu sibarita y tolerante, al anhelo de vivir en paz y gozar los placeres que depara la existencia (esos placeres esenciales que nos prodiga una atmósfera, una comida, un licor, una caricia), a una realidad social de atroces despojos (…)”.Y es que esta novela ha sido escrita de una manera magistral, puesto que en ella nada sobra, nada falta; nada más se le puede pedir a esta historia que, en algunos de sus pasajes, permite sentir el asedio del dolor y sufrir con las experiencias que se narran, reconocer en el otro (en los personajes) la presencia de lo humano que se va haciendo pedazos, la fragilidad de nuestra condición condenada, desde el inicio mismo, a la extinción.

El amor inmarcesible entre Honorine y Albert, la fuerte devoción hacia su hija Angelika, las preocupaciones ante la llegada de la pequeña Elisa; el anhelo por ver de nuevo a Klara y a su madre Gudrun, la fuerte conexión entre los hermanos Rosen, Dafna y Daniel, con su padre, quien intenta, en vano, salvar la vida de su otro hijo y reencontrarse con los suyos en un país desconocido; la presencia tranquilizadora de la abuela Elisa, el brazo protector de Klaus, los temores de Emil, los cuidados de Maud, los amigos idos, los amigos venidos; los cartageneros presentes en el recuerdo, Fao, Canela, los Gutiérrez, Carlitos Mogollón; el carisma de Gerd, la mirada calculadora de Wolfgang y su misantropía selectiva, la alegría de Paula. Todos y cada uno de estos momentos, pequeños fragmentos de lo que el lector recibe en la novela, son apenas pinceladas de la buena construcción que ha hecho la autora respecto a sus personajes y a la forma en que se evocan los unos a los otros a través de los sonidos, el tacto y la comida, y se debaten por vivir en un mundo que se llena de ceniza, o morir en el recuerdo de algo que pudo ser y nunca fue. “La permanencia que dejan en la memoria del lector los personajes de Al otro lado del mar reside sobre todo en la dosis de humanidad que la autora les ha otorgado”, recalca Montoya.

María Cristina Restrepo ha escrito una de las novelas más bellas de este año en lo que concierne a la literatura colombiana, explorando, una vez más, la capacidad que tiene la mujer para soportar inmensas cargas de dolor; demostrando que el personaje femenino no ha sido escogido por azar, sino porque era necesario para contar esta historia inmersa en el intenso calor del trópico y el frío invierno del país bávaro, que se funde entre imágenes que corren todas en blanco y negro, con marcas de proyector desgastado a los lados y el sonido de la cinta que avanza hasta llegar a su final, con el aroma de las comidas caribeñas y la música que no puede faltar: Pink Floyd, Opus, Europe y un toque de Édith Piaf, para terminar con un épico David Bowie y esa sensación sublime que nos deja al decirnos que podemos ser héroes, solo por un día. Al otro lado del mar: un libro que habla sobre la posibilidad de seguir con vida, a pesar de la adversidad” (Octubre, 2017).

domingo, 15 de octubre de 2017

Mis Libros Leídos: 24 señales para descubrir a un alien – Juliana Muñoz Toro.

Muñoz Toro, Juliana (2017) 24 señales para descubrir a un alien. Tragaluz Editores. Medellín, Colombia.
Portada: '24 señales para descubrir a un alien'. Ilustración de Elizabeth Builes. Cortesía, Tragaluz Editores.


Juliana Muñoz Toro (…) ha escrito un libro en el que acude a la voz de un niño para narrar las experiencias más intensas que se pueden llegar a vivir con un padre al que se le ve poco, pero se le aprecia demasiado. Un extraterrestre que de día se comporta de una forma y de noche de otra, un alien que planea conquistar, primero la casa, y luego el planeta.

En 24 señales para descubrir a un alien (2017), la autora bogotana, periodista de profesión, se da a la tarea de dilucidar aquello que pasa por la cabeza de un niño llamado Benjamín, quien tiene la idea de que su padre lleva en su interior a un alien pequeñito que lo controla desde adentro. Sin duda alguna, esta imagen nos remite a muchos fanáticos del cine a lo sucedido en la primera de las películas de Men in Black (1997), en donde el príncipe arquiliano, aquel extraterrestre diminuto, utiliza como vehículo el cuerpo de un hombre. ¿Se acuerdan del viejito de los relojes que va con un gato y se reúne en un restaurante para dialogar con lo que parece ser un tipo demasiado alto que padece de alopecia, pero que en realidad es un alienígena? ¿Quién no lo es en esta película? El caso es que esta escena inspiró a Juliana para pensar en la posibilidad de poner un alien al interior de un hombre, de un Papá, salvo que en lugar de ubicarlo en la cabeza de éste, va acomodado en su corazón, desde donde logra controlar sus sentimientos y tener acceso a sus recuerdos.

A lo largo de la historia, que va acompañada por las hermosas ilustraciones de Elizabeth Builes, el personaje de Benjamín nos va entregando cada una de las señales que va recolectando para comprobar que su padre es un alien, o que ha sido controlado por uno. Él cree que, así como los astronautas necesitan un traje para ir al espacio, los extraterrestres necesitan un cuerpo humano para venir a la tierra. ¿No es tan descabellada la idea, verdad? Apuesto a que más de uno de nosotros tenemos a alguien en casa que, en realidad, parece más un visitante extraño de algún planeta distante que un miembro de la familia.

El mejor amigo de Benjamín se llama Carlos; siempre juegan juntos y tienen un código secreto para comunicarse entre clases. Un día, en casa de Benjamín, los dos amigos discuten y dejan de hablarse por un buen tiempo. ¿No es esto algo sumamente común en nuestra niñez? Recuerdo que tenía compañeros de colegio que se disgustaban por pequeñeces y se enojaban como el que más, pasaban los días y ese enojo de niño, tan intenso e ingenuo, se iba desvaneciendo de a poco hasta que, de pronto…“¿Trajiste tu juguete nuevo? ¿Podemos jugar en el recreo?” Pues, ¿acaso no estábamos discutiendo? Esto es lo que nos hace niños, sabernos invencibles un momento y, al otro sentirnos los más vulnerables del mundo; entonces, extrañamos a Mamá, las granadillas de los mocos de gigantes comienzan a gustarnos, las ensaladas con sabor a tierra son las mejores y Papá, ese Papá gruñón y amargado se convierte en el ser humano más amado. “¿Por qué un alien tiene tantas ganas de vivir en este planeta? ¿Por qué se roba un cuerpo, y sus recuerdos tristes, y su trabajo aburrido? Tal vez este alien solo quiere tener una familia…” (p. 117).

Aunque la autora haya escrito este libro para un público infantil, no hay restricción alguna si el lector adulto quiere acercase a él. Una vez, alguien dijo que los mejores libros no tienen límite de edad o condición, solo andan en busca de un buen lector. Yo lo creo así. La historia de Benjamín es acerca de los sueños, los juguetes, los viajes intergalácticos, las sospechas sobre la presencia de alienígenas en la Tierra, la forma en que intentamos entender a nuestros padres, los juegos con los amigos y con nuestro hermano gemelo imaginario, con la gallina y los cucarrón-cometa. Este libro nos permitirá recordar a más de uno lo maravilloso de saberse niño” (Octubre, 2017).