lunes, 29 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "La Hojarasca", de Gabriel García Márquez.

García Márquez, Gabriel (1954) La Hojarasca. Penguin Random House Grupo Editorial S.A.S. Bogotá, D.C – 2014.

“En febrero hacía calor al mediodía…” y en este mes he terminado de leer mi tercer libro del año: La hojarasca (1954), la primera novela publicada de Gabriel García Márquez (1927–2014).

Los primeros ocho años de su vida los pasaría en compañía de sus abuelos, en la casa grande de Aracataca. Esto permitiría que el pequeño Gabo entrara en contacto con un mundo sobrenatural donde todo era posible y nada estaba fuera del alcance de los humanos. Las historias de una abuela supersticiosa y las enseñanzas de un abuelo apasionado por la política, dividirían la infancia del escritor en dos, hasta que su madre decidiera llevárselo a Sucre, para vivir con su padre y el resto de sus hermanos. Tiempo después, el niño regresaría a Aracataca, para enfrentar la noticia del deceso de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, lo que confirmaría para siempre su terror a la muerte, y lo que, precisamente, es el elemento esencial de toda la obra del escritor caribeño.

La historia de este libro es narrada a tres voces, todas descritas a manera de monólogo: la del niño, la de Isabel, y la del coronel, que cuentan la llegada de un médico francés al pueblo de Macondo y su posterior deceso misterioso. A pesar de que las perspectivas de las distintas voces son diferentes y en ocasiones, no encuentran un punto de convergencia, su nivel de importancia es relativo, ninguna de las voces se impone sobre la otra. Bajo esta perspectiva, algunos segmentos de la novela que se centran en recordar la llegada del médico a Macondo y otros eventos relacionados, se vinculan a una estrategia literaria que es heredada a los escritores latinoamericanos desde la época de las vanguardias en Europa, especialmente en el Reino Unido, representada por escritores como James Joyce (1882-1941) y Virginia Woolf (1882-1941). La dislocación temporal o el flashback, sirve entonces, para enunciar que el médico viviría durante muchos años en la casa del coronel, un conocido de la familia de los Buendía, hasta que decidiera irse a una casa cercana para vivir con Meme, en concubinato. Todo marcha bien, hasta que el médico decide no cumplir con sus deberes de curandero del pueblo y se encierra, durante diecisiete años, aislándose de todo y de todos; lo que haría que la gente de Macondo se olvidara de él, pero que no evitaría que el rencor colectivo producido por sus actitudes ante la situación de los heridos de la guerra, se tornara cada vez más agresivo.

Un día, el médico es encontrado muerto en su casa, y el coronel se ve envuelto en una odisea por enterrar el cuerpo sin vida de quien alguna vez llegara a su casa vestido como militar y con una carta de recomendación del mismísimo coronel Aureliano Buendía, situación que no agrada mucho a los habitantes del pueblo, ni a Isabel, ni a nadie que alguna vez hubiese recordado la llegada del médico francés al pueblo de las veinte casas de barro y cañabrava. Entonces, el coronel debe decidirse por cumplir con su palabra o dejar de lado su dignidad y evitar enfurecer a las masas.

“Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte…” (García Márquez, 1954, p. 13).

¿Qué es la hojarasca?, se preguntará el lector en repetidas ocasiones, y es que constituye, desde el título, aquel elemento misterioso que se presenta en la historia. Después de haber leído con atención la novela, puedo afirmar que se trata de una condición espacio-temporal que el autor utiliza para referirse a una situación específica en la historia del pueblo, pero a la vez, se trata de una figura mística que lo decide todo en relación con el destino de Macondo: el tiempo.

Para terminar, debo decir que la obra de García Márquez no deja de sorprenderme, y quienes me conocen, pueden dar testimonio de la fascinación literaria que obtengo al leer al gigante de Macondo. Recomiendo, entonces, la lectura de este libro, en su tan preciosa edición, realizada por Penguin Random House, a todas las personas que leen este texto y a quienes disfrutan de la literatura, aquella ciencia errante en busca de un receptor atento.

“Veo la casa por la ventana y pienso que mi madrastra está allí, inmóvil en su silla, pensando quizás que antes de que nosotros regresemos habrá pasado ese viento final que borrará este pueblo. Todos se habrán ido entonces, menos nosotros, porque estamos atados a este suelo por un cuarto lleno de baúles en los que se conservan aún los utensilios domésticos y la ropa de los abuelos, de mis abuelos, y los toldos que usaron los caballos de mis padres cuando vinieron a Macondo huyendo de la guerra. Estamos sembrados a este suelo por el recuerdo de los muertos remotos cuyos huesos ya no podrían encontrarse a veinte brazas bajo la tierra. Los baúles están en el cuarto desde los últimos días de la guerra; y allí estarán esta tarde, cuando regresemos del entierro, si es que entonces no ha paso todavía ese viento final que barrerá a Macondo, sus dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos” (García Márquez, 1954, p. 166).

miércoles, 17 de febrero de 2016

Lecturas Recordadas: “Tres cuentos y una proclama”, de Gabriel García Márquez.

García Márquez, Gabriel (2014) Tres cuentos y una proclama. Colección de Libro al Viento. Edit. IDARTES. Bogotá, D.C.

Este libro, de características minúsculas, fue mi lectura número diecisiete del año anterior. Fue una lectura rápida, pero no por ello menos enriquecedora que otras que haya hecho. El libro está compuesto por cuatro textos: una proclama y tres cuentos; el primer texto lleva como título “Por un país al alcance de los niños” y trata sobre la manera cómo los colombianos podríamos darnos cuenta de que nuestro futuro está en la educación de nuestros niños. García Márquez escribe esta proclama en el año de 1994, con el fin de participar en un proyecto del Ministerio de Educación Nacional que se plantea trabajar por la educación del país para los próximos diez años. En ese entonces, el trabajo fue extenuante y considerado brillante, puesto que reunía a lo mejor de lo mejor en materia académica del estado colombiano. Ya han pasado diez años y se ha mejorado en algunos aspectos, pero aún queda intacta la impresión de que no supimos comprender a Gabo, cuando nos dijo que para ser un país que vive en paz, primero tenemos que entender lo que significa, para así poder trabajar para conseguirla.

El segundo texto, es el primero de los tres cuentos y lleva como título “En este pueblo no hay ladrones”; se trata de un cuento magnífico en el que García Márquez expone su técnica para representar la historia de Dámaso y su poca capacidad para tomar decisiones correctas, cuando el dinero está de por medio. Éste personaje se parece un poco al inolvidable José Arcadio Buendía, de “Cien años de soledad” (1967), quien siempre tiene entre manos algún nuevo negocio que no le sirve para nada, sólo para confirmar su clarísima tendencia al fracaso.

El tercer texto es el cuento “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, y es aquí donde el autor permite que el lector se encuentre con aquel mundo maravilloso que supo representar muy bien a lo largo de su obra; un viejo con unas alas enormes cae un día del cielo y una pareja de esposos lo descubre, lo encierran en un corral de gallinas y lo exhiben como si de una atracción cirquera se tratara; finalmente, el ángel logra liberarse y vuela como nunca antes se había visto volar a un viejo. El cuarto texto y el último de los cuentos de este libro, lleva por título “El rastro de tu sangre en la nieve”, que ya había sido publicado en la colección “Doce cuentos peregrinos” (1992); aquí, Gabo maneja un estilo muy similar al de su buen amigo Carlos Fuentes (1928 – 2012), y trata la historia de dos trágicos amantes que se ven envueltos en una situación que bien podría parecer insignificante, pero el destino se encarga de que las cosas no salgan bien. Una tragedia, al mejor estilo del Boom Latinoamericano.

Debo decir que me ha gustado mucho este libro y recomiendo su lectura a quienes me conocen, a quienes no y a aquellos que creen conocerme, esperando que encuentren el amor por la literatura, aquella ciencia errante que nos permite salvarnos de nosotros mismos.

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martes, 16 de febrero de 2016

Lecturas Recordadas: “Doce Cuentos Peregrinos”, de Gabriel García Márquez.

García Márquez, Gabriel (2014) Doce Cuentos Peregrinos. Todos los cuentos. Edit. Literatura Random House. Bogotá, D.C.


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Ante la fascinante idea de que recordar aún está entre mis capacidades, he decidido dedicar algunas páginas a aquellos libros que alguna vez leí y que considero que no pueden olvidarse. El año pasado, por ejemplo, fue el año de García Márquez, ya que de los diecinueve libros que leí, cinco fueron del gigante de Macondo. Uno de ellos es una colección de cuentos que me permitieron apreciar la majestuosidad de un autor que cruzó los límites, sin importar nada. El libro del que estoy hablando es “Doce cuentos peregrinos” (1992) y está compuesto por los siguientes cuentos:

  • Buen viaje, Señor Presidente
  • La Santa
  • El avión de la bella durmiente
  • Me alquilo para soñar
  • Sólo vine a hablar por teléfono
  • Espantos de agosto
  • María dos Prazeres
  • Diecisiete ingleses envenenados
  • Tramontana
  • El vera feliz de la Señora Forbes
  • La luz es como el agua
  • El rastro de tu sangre en la nieve

Estos cuentos fueron escritos por Gabriel García Márquez, a lo largo de dieciocho años. Explica el Nobel que han sido llamados peregrinos porque, para lograr su publicación, el proceso creativo y de recopilación sufrió percances quijotescos. El contenido de los cuentos inició en notas adhesivas, pasó por cuadernos y hojas sueltas, baúles, cestos de basura y finalmente, después de las innumerables peripecias, logró llegar a la mente del autor, con la intención de redactarlo por una segunda ocasión; contenido que se publicaría hacia el año de 1992. Ciertamente, Gabo es de mis autores favoritos, sino el que encabeza la lista, por lo que la lectura de sus textos me permite descifrar lo maravilloso que se gesta al interior de un libro que representa, ante todo, nuestro mundo real, pero que es más carnavalesco y maravilloso, un entorno macondiano que se abre paso por las mentes de lectores extraviados que, como yo, sólo buscamos hallar regocijo entre las letras y el papel.

Ahora bien, después de que Gabo escribiera un gran número de cuentos independientes y los publicará por separado en varios suplementos literarios de distintos países, logró unificar estos doce cuentos alrededor de una temática central: historias que van de lo cotidiano a lo extraordinario, sin pasar por alto la insoportable levedad del ser humano; personas de origen latinoamericano que se encuentran en Europa y deben hallar su lugar en el mundo, un mundo lejano a sus costumbres y a aquellos sonidos propios del mar y el aire, juntándose para enunciar las buenas nuevas del año que se viene y las memorias del año que se va.

Debo decir que estos cuentos representan muy bien la versatilidad del escritor costeño, por lo cual no se parece a nada que antes se haya leído de él; muchos creerán que son cuentos de un estilo similar a los de “Ojos de Perro Azul” (1972) o “Los Funerales de la Mamá Grande” (1962), pero se trata de algo totalmente distinto, más cerca del estilo narrativo de Carlos Fuentes (1928–2012) que de aquel estilo tan particular de Gabo.

En este sentido, me parece necesario recomendar la lectura de estos cuentos a quienes me leen en esta ocasión, con el ánimo de que puedan encontrar placer en las letras del buen narrador, Gabriel García Márquez. Comparto a continuación un fragmento de esta gran pieza de la literatura colombiana:

“(…) Una mañana, siendo muy niña, el Amazonas desbordado amaneció convertido en una ciénaga nauseabunda, y ella había visto los ataúdes rotos flotando en el patio de su casa con pedazos de trapos y cabellos de muertos en las grietas” (García Márquez, María Dos Prazeres – Todos los cuentos, 2014, p. 436).

sábado, 13 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "El País de la Canela", de William Ospina

Ospina, William (2012) El país de la canela. Penguin Random House. Bogotá, D.C.

Hace poco he terminado de leer mi segundo libro del año. Días atrás, escribía un cuento acerca de la forma en que el amor puede hacer que alguien cambie todo lo que es, en tan solo un instante. Mientras lo hacía, estaba leyendo un libro que me hizo cambiar mi perspectiva frente a la historia. Al terminarlo, no pude distinguir entre si era una novela histórica o una novela de personajes, así que decidí no atender a ninguna de las dos etiquetas. Yo creo que es un libro que habla sobre nosotros mismos.

Había escuchado a otras personas hablar sobre la obra de William Ospina. Le veía en la televisión, concediendo entrevistas o realizándolas. Le veía, como si fuera uno más, pero después de que alguien me dijo que él había escrito algo acerca de un país maravilloso, sentí la necesidad de comprar el libro y evidentemente, leerlo. Leí las primeras páginas en una librería, después, interrumpí la lectura por cuestiones disimiles, y tiempo más tarde, regresé a ella, con la satisfacción de haberme encontrado con su autor y haberle pedido que me firmará la novela.

El país de la canela (2012) es una obra que habla acerca de quiénes somos como latinoamericanos, de lo que merecemos saber acerca de nuestra historia y sobre la influencia –la buena– que ejerció España sobre nosotros. El libro comienza con el relato de un joven que abandona a la mujer que lo crió y decide ir en busca de las aventuras que su padre alguna vez vivió. Se encuentra entonces, ante la expedición de Francisco Pizarro y Fernando de Orellana, quienes tenían en mente encontrar el país de la canela. Un país que nunca existió. Tal vez sí existía, pero con otro significado. No era un lugar provisto de tesoros maravillosos que sirviera a las ambiciones de los conquistadores. Era, creo yo, el país de las cosas sagradas que los indígenas conservaban en sus corazones y que producía en los conquistadores una sensación incomparable de miedo:

“A medida que descendíamos el río iba cambiando, aunque más bien debería decir que el río inicial nos había arrojado a otro más grande, este a su vez a un tercero inmenso, y cada semana teníamos la sensación de estar en otro río, en otro mundo. El cauce que navegábamos se había ensanchado de modo considerable, y pululaba a sus lados una vegetación más y más desconocida. Las hojas en las ramas parecieron crecer sin cesar; las arboledas, que se cerraban tanto al comienzo sobre la orilla que por largas extensiones desaparecían la playa, ahora se apartaban, dejando al mundo convertido en un desierto de agua iluminada. Las selvas prietas en la distancia formaban una sola cosa con su reflejo, y daban la ilusión de que había sólo una larga franja de bosques flotando en el cielo” (Ospina, 2012, p. 201).
Cuando terminé de leer esta novela sentí que estaba equivocado sobre lo que pensaba de la colonización. Creía que aquellos españoles nos habían quitado todo, dejándonos una herencia de enfermedad y dolor. Ahora sé que no es así. Tal vez, la forma en que se dieron las cosas no fue la mejor, y quizá, muchas vidas pudieron haberse salvado. Pero todo lo que sucedió, se dio porque tenía que ser así, para que los españoles nos legaran la mejor de las lenguas: el castellano. Nos han heredado la lengua de las mariposas amarillas, de los paisajes tardíos, de los caballeros poco cuerdos, de la vida que no se vive dos veces. El final de la novela es bastante sorpresivo y le doy créditos a su autor por hacer uso de una estrategia narrativa bastante efectiva, el suspenso. El final está marcado por una declaración de quien narra la historia, una declaración que hará que no podamos escapar del país de la canela y tengamos que ir en busca de una serpiente sin ojos, en compañía de Úrsua.

Recomiendo este libro, no para que lo lean, sino para que encuentren un camino que les permita vivir al interior de una selva de papel.

“Si alguien me hubiera dicho en esas campañas, o en mi oscuro escritorio de Valladolid, donde atendía la correspondencia del marqués de Cañete, que un día volvería a estar en las Indias, que la serpiente volvería a silbar en mi oído, que alguien me invitaría a viajar de nuevo a la selva y al río donde murió mi juventud, habría reído, con la certeza absoluta de que esa no sería mi suerte. Logré ser otro hombre y vivir otra vida, y soñé que esa dádiva del destino o del cielo sería para siempre. Y ahora mírame, a la orilla de la selva, mírame conversando en una playa indiana con alguien empeñado en que yo lo acompañe por segunda vez al infierno” (Ospina, 2012, p. 315).




viernes, 12 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez.

Hace unos cuantos días terminé de leer mi primer libro de este año 2016. Fue en la tarde del 20 de enero. Lo había comenzado a leer en la Ciudad de México, cuando me encontraba allí para participar de un evento académico en la U.N.A.M. La magia de las palabras me atrapó desde el primer momento y a bordo de un avión, tuve la sensación de que no habían transcurrido seis horas de vuelo, sino seis meses. Estuve tres días en el país azteca y fue una de las experiencias más hermosas que he tenido en mi vida. Además de estar leyendo la obra maestra –según la crítica– de García Márquez, me encontré con la revelación de otras tantas lecturas que ya había hecho. Ante los paisajes mexicanos pude recordar a Carlos Fuentes y a Juan Rulfo, con sus descripciones fascinantes, y vi ante mis ojos una representación en vivo de las letras que con tanta pasión había leído.

Cuatro meses duró esta lectura, invadida por los caprichos del tiempo y la vida social que todo lo complican. Cuatro meses duró mi travesía a bordo de esta obra, y esos cuatro meses se convirtieron en cuatro años, y de ahí no pude salir ya. Sentí pasar los cien años sobre mi espalda, sentí el peso de la vida, de las guerras, de la soledad. Para mí, ha sido una lectura epifánica, pues me ha señalado el camino que quiero seguir como escritor. Por ello, he decidido escribir este texto como parte de una investigación que planeo realizar más adelante, no solo con esta novela, sino con toda la obra narrativa de Gabriel García Márquez.


Macondo: Un pueblo atrapado en el tiempo.
Análisis parcial de “Cien años de soledad”.



“(…) una obra es eterna, no porque imponga un sentido único a los hombres, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre único”. - Roland Barthes (1989).



Ante la inminente idea de que el tiempo constituye una medida rotunda de todo lo existente en este mundo, que lo controla todo y no tiene problema alguno con manifestarse ante las faltas de los hombres, ya sea corriendo más rápido o transcurriendo más lento, he decidido escribir éstas páginas teniendo en cuenta la inmensidad de éste fenómeno superior y evidentemente anterior a nuestra existencia.

Estimado lector, de alguna u otra forma, debo advertirle que si las primeras líneas de éste texto no le han parecido del todo agradables, entonces lo mejor que puede hacer es no seguir leyendo, pues no estoy dispuesto a hablarle si no me va a prestar la atención que se requiere. Cuando era un infante de tan sólo cinco años, mi madre me obsequió mi primer libro. Una antología de cuentos para niños que me despertaron el gusto por la literatura y me sentenciaron, para siempre, a vivir encerrado entre las letras. Por aquellas épocas, mi madre me decía que si uno va a leer algo es porque quiere y no porque le toca. Y esa, mi estimado lector, es una de mis máximas más sagradas.

Ahora bien, el objetivo de éste texto, en cuyo título aparece la etiqueta de “análisis”, es interpretar la importancia que se le da a la temática del tiempo en la obra magna del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927–2014), y que constituye una de las mejores piezas de la literatura latinoamericana y mundial. “Cien años de soledad” (1967), publicada en Argentina, consta de cuatrocientas ochenta y cinco páginas, aproximadamente, divididas en veinte capítulos, que narran la historia de la estirpe de los Buendía y sus peripecias por afrontar lo que les impone la vida, mientras habitan en un lugar de naturaleza inexplicable llamado: Macondo.

Esta obra, fascinante en mi opinión, le mereció a su autor el Premio Nobel de Literatura en el año de 1982 y desde ese momento en adelante, nadie se ha podido olvidar de las “(…) estirpes condenadas a cien años de soledad [que] no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez, 1967, p. 485). Por medio de la creación de un personaje como el coronel Aureliano Buendía, el autor hace uso y desuso de toda estrategia literaria conocida para desarrollar una historia que no tiene comparación con ninguna otra, ni en éste ni en otro siglo. Tras el éxito editorial de la novela, la crítica del mundo comenzó a comparar la genialidad de García Márquez con aquella que alguna vez demostraron escritores como Cervantes, Shakespeare, Joyce, Hemingway o Faulkner. Sin duda alguna, el gigante de Macondo es y será para siempre, uno de los mejores escritores que ha pisado este planeta.

Gabo, como le llamó el mundo entero tras el éxito de su narrativa, nació el 6 de marzo de 1927 en un pueblito de la costa colombiana llamado: Aracataca. Hijo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, pasó su niñez alejado de ellos. Vivió sus primeros años con sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez y doña Tranquilina Iguarán Cotes. Estaría con ellos hasta que su madre regresara a Aracataca para llevárselo de vuelta con su padre y sus otros hermanos. Por ese entonces, la familia vivía en Sucre y para Gabito, el hecho de dejar a sus abuelos le dolió tanto que se encerraría en una infancia taciturna y solitaria, hasta que a la edad de catorce años logró salir de aquella casa, “en donde nacía un niño todos los años”. Su abuelo murió en 1936, cuando él tenía ocho años. Aquel episodio le confirmó su terror a la muerte, que después vendría a desarrollar a lo largo de toda su obra. Los primeros años de secundaria los pasaría en el colegio jesuita San José, en Barranquilla, y allí comenzaría a explorar la literatura como lector y como escritor de poemas. En 1940 publicó sus primeros textos en la revista escolar. Luego, gracias a una beca otorgada por el Gobierno, Gabriel García Márquez se fue a vivir a Zipaquirá, muy cerca de Bogotá, para estudiar en uno de los colegios más prestigiosos del país por aquel entonces, el Liceo Nacional de Varones.

Después de su graduación en 1947, García Márquez permaneció en Bogotá, mientras estudiaba sus primeros semestres de la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia. Allí, la literatura le llegaría como una revelación, pues a partir de una lectura recomendada por su compañero de habitación, escribiría su primer relato: “La Tercera Resignación”, que aparecería publicado el 13 de septiembre de 1947 en el suplemento literario del periódico El Espectador. Aquella lectura que García Márquez hizo en la pensión de la calle Florián, en el centro de Bogotá, fue nada más y nada menos que de Franz Kafka, con su libro “La Metamorfosis” (1915), considerada como una de las novelas más complejas del siglo XIX. Dicha lectura influiría en el genio literario de García Márquez hasta sus últimos años como escritor. Tras la publicación de sus primeros relatos y el desafortunado evento del Bogotazo, Gabo regresó a la costa y allí trabajaría como columnista en el periódico El Universal, de Cartagena de Indias, y en El Heraldo, de Barranquilla. Allí, conocería a varios de sus amigos de toda la vida, quienes lo conducirían hacia la lectura de nuevos y complicados libros, la mayoría provenientes del país norteamericano. Fue así que se topó con la literatura de William Faulkner y a partir de ese momento, la voz narrativa que tanto había buscado comenzó a desarrollarse en pleno. 

En 1955 García Márquez publicaría su primer libro, “La Hojarasca” y en 1958 se casaría con su amor de la infancia, Mercedes Barcha. Así, empezaría el recorrido que lo condujo hasta Ciudad de México, en donde conoció a Carlos Fuentes y con el que pudo compartir su gusto hacia las letras y el cine. En un viaje que realizaron juntos hacia Acapulco, García Márquez tuvo una epifanía al toparse con el paisaje de las playas mexicanas y emprendería desde entonces una odisea de diecisiete meses para escribir lo que sería su obra maestra. Se vería en la necesidad de sentarse frente a la máquina de escribir y trazar las primeras líneas, para no dejar de escribir ni un instante: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” (García Márquez, 1967, p. 11).

Una prosa como salida de la nada se apodera de estas páginas que narran la historia maravillosa de todo un continente. “Cien año de soledad” es la representación de lo que somos como nación, como cultura, como latinoamericanos. Tan inmensa es la brillantez de esta novela y tan rica su prosa, que es posible hablar de mil y un temas distintos, pero en este caso, hablaré del tiempo, y el tiempo será mi mayor enemigo y aliado, mientras redacto este texto que, espero, pueda ser leído por muchas personas que, como yo, encuentran satisfacción al leer la obra de Gabriel García Márquez.

En el mundo narrativo de la novela, existen dos tiempos que conviven entre sí, el uno es histórico y el otro, es mítico. En primer lugar, el tiempo mítico o “sagrado”, como lo denomina Mircea Eliade, aparece en el momento en que el lector puede dar cuenta de que aquel mundillo se encuentra en permanente repetición. Los personajes viven una y otra vez las mismas aventuras. En ocasiones repetidas, algunos símbolos, e incluso los nombres de los personajes, se remiten siempre a lo mismo y todos, a su manera, hacen referencia al tiempo. Tan solo el título, que establece una medida de tiempo, ya está proponiendo algo que supera lo concebido por el mismo autor y es que no se necesita de la presencia de una entidad divina o superior para que las acciones de la novela tengan algo de relación con el mundo real. El tiempo es aquí, Dios. En segundo lugar, el tiempo histórico aparece asociado con las treinta y dos guerras civiles en las que participa el coronel Aureliano Buendía, las cuales, podrían hacer referencia a todas las guerras de la historia conocida. De esta manera, el ciclo del tiempo histórico se inserta entre la narración, estableciendo un punto intermedio entre lo fantástico y lo real, lo que se denominaría después como Realismo Mágico. En Macondo, antes de la irrupción del tiempo histórico, las cosas se daban como en una especie de "paraíso terrenal", en donde “(…) El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (García Márquez, 1967, p. 11). Así que, la incursión de Mr. Herbert y su compañía bananera hacen alusión a la presencia y posterior dominio del imperialismo en Latinoamérica; los descubrimientos del primer José Arcadio Buendía son una representación de toda la historia de la ciencia, y la destrucción total de la estirpe de los Buendía es una anticipación del Apocalipsis al que estamos sentenciados, a causa de nuestra ambición exagerada; ambición que el Nobel colombiano tratara a lo largo y ancho de toda su narrativa, como bien se puede apreciar en uno de sus cuentos: “(…) Una mañana, siendo muy niña, el Amazonas desbordado amaneció convertido en una ciénaga nauseabunda, y ella había visto los ataúdes rotos flotando en el patio de su casa con pedazos de trapos y cabellos de muertos en las grietas” (García Márquez, María Dos Prazeres – Todos los cuentos, 2014, p. 436).

Para continuar, debo mencionar que por mi formación como estudiante de literatura, he decidido dejar de lado el concepto de tiempo histórico y trabajar únicamente el de tiempo mítico, que es el más rico de explorar, en cuanto al análisis literario se refiere. De manera que, éste concepto es de gran importancia en la novela, ya que las repeticiones de las situaciones se dan una detrás de la otra, como en una fila india. El tiempo mítico en Macondo es de carácter cíclico, puesto que hay una “sucesión de eternidades” que se manifiesta una y otra vez, por medio de las acciones de los personajes. Inicia con la llegada de una familia a tierras extrañas, cuyas características son descritas por el autor como propias de un ambiente costero. El agua, como en toda la obra de Álvaro Mutis (1923-2013), aquí cobra una importancia tremenda, ya que le permite al tiempo navegar.






Años después de la fundación de Macondo, como bien se relata en algunos pasajes, la población sufriría mil y una calamidades, desde la llegada de los gitanos, que desataría la ambición de José Arcadio Buendía por dar a luz el más grande descubrimiento de todos los tiempos, hasta la “invasión” de la compañía bananera. El ciclo del tiempo mítico experimenta aquí una traslación de 180 grados, pasando de un episodio genesiaco determinado por las decisiones de los fundadores hasta otro episodio que se caracteriza por los intentos de los habitantes de regresar a Macondo a sus años prósperos. Una prosperidad que inició con los Buendía y que a través de ellos continuará.

Úrsula Iguarán, aquella mujer con ínfulas de bruja, pero de las buenas, es el personaje que le permite al lector ubicarse en una condición espacio-temporal que va más allá de los límites mismos del terreno explorado por la consciencia de los humanos. Nos hace recordar que la historia se repite, tantas veces como es posible, hasta lograr su desenlace anticipado, su destino. Es Úrsula quien lo presiente todo mucho antes de que el último de los Buendía termine de leer los pergaminos de Melquiades, es quien se da cuenta de que las historias de sus nietos y bisnietos sólo son repeticiones de las vidas de sus antepasados. “Lo mismo que Aureliano (…) es como si el mundo estuviera dando vueltas”.

De modo que, el tiempo no avanza sino que da vueltas en redondo, mientras la estirpe de los Buendía se extiende, como una enfermedad. Así, es posible afirmar que en esta obra, tiempo y espacio no son homogéneos. El espacio mítico, aquel que define a todos los personajes de la novela, es la casa de los Buendía, que cumple en la historia la función de un templo que nace con la estirpe y desaparece con ella. La casa cumple la función de ser el centro del universo en el que el cielo y la tierra se encuentran. Un centro que toma la forma de un umbral en donde el tiempo transcurre, lentamente, esperando el momento preciso para cumplir con su cometido, pues no es gratuito que, a pesar de todas las guerras y revoluciones, los integrantes de la familia Buendía (con excepción de Rebeca y Meme) regresen a morir en la casa de Macondo. Tampoco, debo decir, resulta sorprendente que la casa sea un espacio sobrenatural en donde conviven fantasmas y tesoros. Es ahí, en ese lugar, donde el tiempo se manifiesta como el Dios del que tanto huyó Melquiades, para pasar por la muerte y salir bien librado de ella.

“A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa” (García Márquez, 1967, p. 280).

En este sentido, al interior de la casa se genera una especie de burbuja que mantiene aislado al tiempo y le permite sobrevivir a todas las desgracias que caen sobre el pueblo de Macondo. Ejemplo de ello es el cuartito de Melquiades, en donde el polvo no alcanza a llegar y en donde todos los días parecen marzo y todos parecen lunes. Evidentemente, un espacio sagrado, o mítico, para no cambiar el concepto. Es allí, en donde los pergaminos de Melquiades, escritos en sánscrito, anticipan la historia de la estirpe y en donde el último de los Buendía logra leer, antes de morir, el trágico destino de su familia: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado" (García Márquez, 1967, pp. 484 – 485).

Por consiguiente, es el tiempo el que se configura como agente creador y destructor de este mundo literario planteado por Gabriel García Márquez. Al interior de la novela, la presencia de lo religioso es notoria, pero el tiempo es el que lo ve y lo controla todo, pues el contacto de Macondo con lo divino se da a través de la repetición. Durante toda la novela, los personajes principales lo único que hacen, como lo predice Úrsula, es repetir la vida de sus ancestros. De manera que, todos los José Arcadio actuarán y enfrentarán la vida como el fundador de Macondo y todos los Aureliano lo harán como el coronel Buendía.

Haciendo uso de una cantidad innumerable de hipérboles, García Márquez desplaza al lector por una historia que transcurre en cuatro ciclos, determinados todos ellos por la presencia del tiempo, y divididos en dos conceptos elementales: Mito e Historia. De acuerdo con el maestro Hugo Hernán Ramírez, estos ciclos hacen referencia a una buena parte de la historia y tradición oral de la cultura colombiana, lo que ya se había insinuado en páginas anteriores citando los conceptos tratados por Eliade. Para el lector común, tal vez esta afirmación no sea muy acertada, pero para aquellos que conocemos la historia de Colombia y su repercusión en el resto del continente, adquiere una significación importante. García Márquez lo diría alguna vez en una entrevista: “(…) yo escribí [ese libro] con la esperanza de que cuando la gente lo leyera vieran un espejo de sí mismos, a ver si mejoramos un poquito”.

Tiempo, polvo y, curiosamente, sol y lluvia. Cuatro elementos que consolidan una narración rica en figuras literarias y recursos estilísticos. El tiempo, como ya se ha señalado, está presente en todo momento y cumple la función de entidad omnipresente que todo lo rige y todo lo ve. El polvo, aparece como una marca propia de su paso; polvo y olvido son conceptos que se nutren de la dimensión semántica del “tiempo”, por lo que, siempre van a estar vinculados a él. Por un lado, el sol, un concepto que ya ha sido tratado por Octavio Paz (1914-1998) al analizar los inicios de la narrativa mexicana y la forma de pensar intrínseca en dicha sociedad, aparece en esta novela como una manifestación del dominio del tiempo sobre la vida de las personas cuando en Macondo el factor climático por antonomasia es el calor. Por otro lado, la lluvia, que es manifestación de las facultades divinas que el tiempo ejerce, aparece en la narración cuando en el pueblo comienzan las desdichas y llueve, y sigue lloviendo por cuatro años, impidiendo que Úrsula muera tranquila, que Aureliano Segundo cumpla con sus deberes como esposo de Fernanda, y que los animales en el patio de Petra Cotes dejen de morirse por no tener que comer.

“El aire lavado por la llovizna de tres días se llenó de hormigas voladoras. Entonces cayó en la cuenta de que tenía deseos de orinar, y los estaba aplazando hasta que acabara de armar el pescadito. Iba para el patio, a las cuatro y diez, cuando oyó los cobres lejanos, los retumbos del bombo y el júbilo de los niños, y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (García Márquez, 1967, p. 314).

Ahora bien, ante la indudable capacidad de este autor por generar en los lectores una especie de hipnosis, es evidente que la temática que he escogido para tratar me llevará mucho más tiempo del que tengo previsto. García Márquez no merece una hora o dos, ni una semana o un mes, merece toda una vida de observación y admiración, por eso, estimado lector, considero que este será el primer pasaje de una investigación que espero publicar más adelante a manera de libro. El tiempo, que todo lo sabe y todo lo domina, y que se regocija ante la idea de que las gentes lo consideran un Dios, no tiene miedo de desatar su furia y hacer que llueva durante cuatro años en Macondo, o que haga sol por veinte años en Cartagena, o que la niebla intensa caiga sobre la sabana de Bogotá, y por eso, tampoco tiene temor de hacer que este texto culmine, al menos, momentáneamente. Debo señalar entonces, que no puedo distanciarme de la obra de quien ha sido mi más notoria influencia en la literatura y quien me ha permitido llegar hasta Macondo, un pueblo encerrado en el tiempo.

“(…) Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez, 1967, pp. 484 – 485).



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Referencias


Barthes, Roland (1989) Crítica y verdad. Siglo Veintiuno Editores. México.

García Márquez, Gabriel (1967) Cien Años de Soledad. Editorial Norma, S.A. Bogotá. 2004
García Márquez, Gabriel (2002) Vivir para Contarla. Edit. DeBolsillo. Barcelona, España.
García Márquez, Gabriel (2014) Todos los Cuentos. Penguin Random House. Barcelona, España.
Martin, Gerald (2009) García Márquez, Una Vida. Penguin Random House. Barcelona, España.
Eliade, Mircea (1999) Mito y realidad. Editorial Kairós. España.
Eliade, Mircea (2000) El mito del eterno retorno. Alianza Editorial. España.

sábado, 6 de febrero de 2016

El Realismo Sucio. Un Acercamiento desde Latinoamérica.




Para empezar, quiero saludar a los lectores que se enfrentan a éste corto texto y me gustaría comentarles que me declaro fanatico de la literatura norteamericana contemporánea; por ello he decidido dedicar éste espacio a uno de los estilos narrativos que más impacto han causado durante el último siglo: El Realismo Sucio. Un concepto que surgió como una etiqueta otorgada por la crítica, más exactamente hablando, por parte del inglés Bill Buford, un crítico de alta alcurnia que en una antología realizada por la revista Granta en el año de 1983, describe el trabajo de un grupo de escritores norteamericanos que se proponen romper con los esquemas literarios de la época; entre éstos autores se destacan nombres como los de Charles Bukowski, John Fante, Tobias Wolff, Bobbie Anne Mason, Raymond Carver y Richard Ford, entre otros. Sin embargo, algunos de éstos nombres generan controversia al ser ubicados dentro de un estilo u otro, puesto que su prosa es tan compleja que se hace difícil enmarcarlos en un solo sitio.

Ahora bien, ciertas fuentes que no voy a nombrar -simplemente porque no quiero- han catalogado los aportes de éstos autores como parte de un movimiento, lo cuál es gracioso, ya que ninguno de ellos se conocían entre sí, salvo algunas excepciones; de todas formas, Buford asegura que la obra de éstos autores es "una ficción rebuscada" propuesta por las miradas de gente perdida en un mundo lleno de comida chatarra y de detalles opresivos del consumismo moderno.


"Sus aportes son decididamente extravagantes, perversos, y en ocasiones degenerados, no es posible concebir algo realmente bueno en ello, sin embargo los escritos no son malos (...)"; es un poco contradictorio lo que afirma Buford, pero si se lee de manera adecuada, puede entenderse que la afirmación se encuentra muy bien estructurada. Lo que sucede es que en cuánto a lenguaje y descripción, las obras pertenecientes a este estilo son un tanto agrias, o más bien, desgarradoras, ya que no existe maquillaje para lo que se dice; debido a ello, éste crítico asegura que no sale nada bueno de allí, más no quiere decir que las obras no sean buenas en cuánto a estética y estructura, o aporte a la literatura.


Para continuar, me gustaría que quien lee estas páginas se haga la siguiente pregunta: ¿Qué es, realmente, lo que se conoce como Realismo Sucio? Los más ingenuos y alejados del tema lo asocian con aquello que es desagradable y sucio, al fin y al cabo, con la violencia, el machismo y el sexismo, y en ocasiones con tendencias políticamente incorrectas, todo ello dirigido a "épater le bourgeois", es decir, "escandalizar a aquellos que piensan de buena manera y a suscitar infartos en las almas inocentes". 


La definición de"Realismo Sucio" no se puede designar de manera exacta, ya que eso es precisamente lo que caracteriza a éste estilo; podría decirse que se define por su minimalismo y la parquedad en el uso del lenguaje. Las obras que se enmarcan dentro de ésta categoría, normalmente son ricas en el uso de adjetivos, en la descripción de situaciones reales, aunque con ciertas características ficcionales, y como su nombre lo indica, se centran en exaltar las historias de una simple y sucia realidad.


"(...) El Realismo sucio refleja la existencia de un mundo gris, de un mundo opaco en toda su extensión"; éste género evita narrar situaciones en las que se den sucesos extraordinarios, tan propios de la ficción regular, por lo que se inclina a tratar aquello que se encuentra muy cercano a la banalidad que caracteriza a la humanidad actual, a tal punto que sus descripciones pueden ser consideradas como parte de una mera vulgaridad.


Lo anterior se puede ubicar en términos del Nihilismo de Friedrich Nietzsche (1844-1900), ya que se describe como una actividad carente de heroísmo y final establecido. Para este estilo literario, los sucesos cruciales de la narración se mantienen en pico de la trama y se cierran sin resolverse; normalmente, son pequeñas anécdotas e historias breves en las que sobresale el uso de lenguaje coloquial y la descripción minimalista.


Para terminar, hay que decir que el éxito del Realismo Sucio se basa en la forma que los escritores adoptaron para narrar historias cotidianas a la vida de todos; no son grandes relatos de amor ni de honor, y generalmente, en el texto no se da pie a pasiones desenfrenadas o idealizadas, ni a un humanismo que permita mostrar lo bueno del espíritu, es más bien todo lo contrario. Se trata de mostrar lo real de este mundo desensibilizado y la verdad de las tragedias sociales, que son sordas y se resuelven en cada esquina, ¿acaso no es cierto que todos vivimos, sufrimos y morimos con la compañía de la rudeza y maldad de los que se encuentran más arriba? Prácticamente, comemos de su excremento y seguimos, como idiotas, lamiendo sus pies a cada palabra ociosa que pronuncian.


El "Dirty Realism" en Latinoamérica. 

Fragmentos de una investigación en proceso.