viernes, 12 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez.

Hace unos cuantos días terminé de leer mi primer libro de este año 2016. Fue en la tarde del 20 de enero. Lo había comenzado a leer en la Ciudad de México, cuando me encontraba allí para participar de un evento académico en la U.N.A.M. La magia de las palabras me atrapó desde el primer momento y a bordo de un avión, tuve la sensación de que no habían transcurrido seis horas de vuelo, sino seis meses. Estuve tres días en el país azteca y fue una de las experiencias más hermosas que he tenido en mi vida. Además de estar leyendo la obra maestra –según la crítica– de García Márquez, me encontré con la revelación de otras tantas lecturas que ya había hecho. Ante los paisajes mexicanos pude recordar a Carlos Fuentes y a Juan Rulfo, con sus descripciones fascinantes, y vi ante mis ojos una representación en vivo de las letras que con tanta pasión había leído.

Cuatro meses duró esta lectura, invadida por los caprichos del tiempo y la vida social que todo lo complican. Cuatro meses duró mi travesía a bordo de esta obra, y esos cuatro meses se convirtieron en cuatro años, y de ahí no pude salir ya. Sentí pasar los cien años sobre mi espalda, sentí el peso de la vida, de las guerras, de la soledad. Para mí, ha sido una lectura epifánica, pues me ha señalado el camino que quiero seguir como escritor. Por ello, he decidido escribir este texto como parte de una investigación que planeo realizar más adelante, no solo con esta novela, sino con toda la obra narrativa de Gabriel García Márquez.


Macondo: Un pueblo atrapado en el tiempo.
Análisis parcial de “Cien años de soledad”.



“(…) una obra es eterna, no porque imponga un sentido único a los hombres, sino porque sugiere sentidos diferentes a un hombre único”. - Roland Barthes (1989).



Ante la inminente idea de que el tiempo constituye una medida rotunda de todo lo existente en este mundo, que lo controla todo y no tiene problema alguno con manifestarse ante las faltas de los hombres, ya sea corriendo más rápido o transcurriendo más lento, he decidido escribir éstas páginas teniendo en cuenta la inmensidad de éste fenómeno superior y evidentemente anterior a nuestra existencia.

Estimado lector, de alguna u otra forma, debo advertirle que si las primeras líneas de éste texto no le han parecido del todo agradables, entonces lo mejor que puede hacer es no seguir leyendo, pues no estoy dispuesto a hablarle si no me va a prestar la atención que se requiere. Cuando era un infante de tan sólo cinco años, mi madre me obsequió mi primer libro. Una antología de cuentos para niños que me despertaron el gusto por la literatura y me sentenciaron, para siempre, a vivir encerrado entre las letras. Por aquellas épocas, mi madre me decía que si uno va a leer algo es porque quiere y no porque le toca. Y esa, mi estimado lector, es una de mis máximas más sagradas.

Ahora bien, el objetivo de éste texto, en cuyo título aparece la etiqueta de “análisis”, es interpretar la importancia que se le da a la temática del tiempo en la obra magna del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927–2014), y que constituye una de las mejores piezas de la literatura latinoamericana y mundial. “Cien años de soledad” (1967), publicada en Argentina, consta de cuatrocientas ochenta y cinco páginas, aproximadamente, divididas en veinte capítulos, que narran la historia de la estirpe de los Buendía y sus peripecias por afrontar lo que les impone la vida, mientras habitan en un lugar de naturaleza inexplicable llamado: Macondo.

Esta obra, fascinante en mi opinión, le mereció a su autor el Premio Nobel de Literatura en el año de 1982 y desde ese momento en adelante, nadie se ha podido olvidar de las “(…) estirpes condenadas a cien años de soledad [que] no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez, 1967, p. 485). Por medio de la creación de un personaje como el coronel Aureliano Buendía, el autor hace uso y desuso de toda estrategia literaria conocida para desarrollar una historia que no tiene comparación con ninguna otra, ni en éste ni en otro siglo. Tras el éxito editorial de la novela, la crítica del mundo comenzó a comparar la genialidad de García Márquez con aquella que alguna vez demostraron escritores como Cervantes, Shakespeare, Joyce, Hemingway o Faulkner. Sin duda alguna, el gigante de Macondo es y será para siempre, uno de los mejores escritores que ha pisado este planeta.

Gabo, como le llamó el mundo entero tras el éxito de su narrativa, nació el 6 de marzo de 1927 en un pueblito de la costa colombiana llamado: Aracataca. Hijo de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, pasó su niñez alejado de ellos. Vivió sus primeros años con sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez y doña Tranquilina Iguarán Cotes. Estaría con ellos hasta que su madre regresara a Aracataca para llevárselo de vuelta con su padre y sus otros hermanos. Por ese entonces, la familia vivía en Sucre y para Gabito, el hecho de dejar a sus abuelos le dolió tanto que se encerraría en una infancia taciturna y solitaria, hasta que a la edad de catorce años logró salir de aquella casa, “en donde nacía un niño todos los años”. Su abuelo murió en 1936, cuando él tenía ocho años. Aquel episodio le confirmó su terror a la muerte, que después vendría a desarrollar a lo largo de toda su obra. Los primeros años de secundaria los pasaría en el colegio jesuita San José, en Barranquilla, y allí comenzaría a explorar la literatura como lector y como escritor de poemas. En 1940 publicó sus primeros textos en la revista escolar. Luego, gracias a una beca otorgada por el Gobierno, Gabriel García Márquez se fue a vivir a Zipaquirá, muy cerca de Bogotá, para estudiar en uno de los colegios más prestigiosos del país por aquel entonces, el Liceo Nacional de Varones.

Después de su graduación en 1947, García Márquez permaneció en Bogotá, mientras estudiaba sus primeros semestres de la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia. Allí, la literatura le llegaría como una revelación, pues a partir de una lectura recomendada por su compañero de habitación, escribiría su primer relato: “La Tercera Resignación”, que aparecería publicado el 13 de septiembre de 1947 en el suplemento literario del periódico El Espectador. Aquella lectura que García Márquez hizo en la pensión de la calle Florián, en el centro de Bogotá, fue nada más y nada menos que de Franz Kafka, con su libro “La Metamorfosis” (1915), considerada como una de las novelas más complejas del siglo XIX. Dicha lectura influiría en el genio literario de García Márquez hasta sus últimos años como escritor. Tras la publicación de sus primeros relatos y el desafortunado evento del Bogotazo, Gabo regresó a la costa y allí trabajaría como columnista en el periódico El Universal, de Cartagena de Indias, y en El Heraldo, de Barranquilla. Allí, conocería a varios de sus amigos de toda la vida, quienes lo conducirían hacia la lectura de nuevos y complicados libros, la mayoría provenientes del país norteamericano. Fue así que se topó con la literatura de William Faulkner y a partir de ese momento, la voz narrativa que tanto había buscado comenzó a desarrollarse en pleno. 

En 1955 García Márquez publicaría su primer libro, “La Hojarasca” y en 1958 se casaría con su amor de la infancia, Mercedes Barcha. Así, empezaría el recorrido que lo condujo hasta Ciudad de México, en donde conoció a Carlos Fuentes y con el que pudo compartir su gusto hacia las letras y el cine. En un viaje que realizaron juntos hacia Acapulco, García Márquez tuvo una epifanía al toparse con el paisaje de las playas mexicanas y emprendería desde entonces una odisea de diecisiete meses para escribir lo que sería su obra maestra. Se vería en la necesidad de sentarse frente a la máquina de escribir y trazar las primeras líneas, para no dejar de escribir ni un instante: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos” (García Márquez, 1967, p. 11).

Una prosa como salida de la nada se apodera de estas páginas que narran la historia maravillosa de todo un continente. “Cien año de soledad” es la representación de lo que somos como nación, como cultura, como latinoamericanos. Tan inmensa es la brillantez de esta novela y tan rica su prosa, que es posible hablar de mil y un temas distintos, pero en este caso, hablaré del tiempo, y el tiempo será mi mayor enemigo y aliado, mientras redacto este texto que, espero, pueda ser leído por muchas personas que, como yo, encuentran satisfacción al leer la obra de Gabriel García Márquez.

En el mundo narrativo de la novela, existen dos tiempos que conviven entre sí, el uno es histórico y el otro, es mítico. En primer lugar, el tiempo mítico o “sagrado”, como lo denomina Mircea Eliade, aparece en el momento en que el lector puede dar cuenta de que aquel mundillo se encuentra en permanente repetición. Los personajes viven una y otra vez las mismas aventuras. En ocasiones repetidas, algunos símbolos, e incluso los nombres de los personajes, se remiten siempre a lo mismo y todos, a su manera, hacen referencia al tiempo. Tan solo el título, que establece una medida de tiempo, ya está proponiendo algo que supera lo concebido por el mismo autor y es que no se necesita de la presencia de una entidad divina o superior para que las acciones de la novela tengan algo de relación con el mundo real. El tiempo es aquí, Dios. En segundo lugar, el tiempo histórico aparece asociado con las treinta y dos guerras civiles en las que participa el coronel Aureliano Buendía, las cuales, podrían hacer referencia a todas las guerras de la historia conocida. De esta manera, el ciclo del tiempo histórico se inserta entre la narración, estableciendo un punto intermedio entre lo fantástico y lo real, lo que se denominaría después como Realismo Mágico. En Macondo, antes de la irrupción del tiempo histórico, las cosas se daban como en una especie de "paraíso terrenal", en donde “(…) El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo” (García Márquez, 1967, p. 11). Así que, la incursión de Mr. Herbert y su compañía bananera hacen alusión a la presencia y posterior dominio del imperialismo en Latinoamérica; los descubrimientos del primer José Arcadio Buendía son una representación de toda la historia de la ciencia, y la destrucción total de la estirpe de los Buendía es una anticipación del Apocalipsis al que estamos sentenciados, a causa de nuestra ambición exagerada; ambición que el Nobel colombiano tratara a lo largo y ancho de toda su narrativa, como bien se puede apreciar en uno de sus cuentos: “(…) Una mañana, siendo muy niña, el Amazonas desbordado amaneció convertido en una ciénaga nauseabunda, y ella había visto los ataúdes rotos flotando en el patio de su casa con pedazos de trapos y cabellos de muertos en las grietas” (García Márquez, María Dos Prazeres – Todos los cuentos, 2014, p. 436).

Para continuar, debo mencionar que por mi formación como estudiante de literatura, he decidido dejar de lado el concepto de tiempo histórico y trabajar únicamente el de tiempo mítico, que es el más rico de explorar, en cuanto al análisis literario se refiere. De manera que, éste concepto es de gran importancia en la novela, ya que las repeticiones de las situaciones se dan una detrás de la otra, como en una fila india. El tiempo mítico en Macondo es de carácter cíclico, puesto que hay una “sucesión de eternidades” que se manifiesta una y otra vez, por medio de las acciones de los personajes. Inicia con la llegada de una familia a tierras extrañas, cuyas características son descritas por el autor como propias de un ambiente costero. El agua, como en toda la obra de Álvaro Mutis (1923-2013), aquí cobra una importancia tremenda, ya que le permite al tiempo navegar.






Años después de la fundación de Macondo, como bien se relata en algunos pasajes, la población sufriría mil y una calamidades, desde la llegada de los gitanos, que desataría la ambición de José Arcadio Buendía por dar a luz el más grande descubrimiento de todos los tiempos, hasta la “invasión” de la compañía bananera. El ciclo del tiempo mítico experimenta aquí una traslación de 180 grados, pasando de un episodio genesiaco determinado por las decisiones de los fundadores hasta otro episodio que se caracteriza por los intentos de los habitantes de regresar a Macondo a sus años prósperos. Una prosperidad que inició con los Buendía y que a través de ellos continuará.

Úrsula Iguarán, aquella mujer con ínfulas de bruja, pero de las buenas, es el personaje que le permite al lector ubicarse en una condición espacio-temporal que va más allá de los límites mismos del terreno explorado por la consciencia de los humanos. Nos hace recordar que la historia se repite, tantas veces como es posible, hasta lograr su desenlace anticipado, su destino. Es Úrsula quien lo presiente todo mucho antes de que el último de los Buendía termine de leer los pergaminos de Melquiades, es quien se da cuenta de que las historias de sus nietos y bisnietos sólo son repeticiones de las vidas de sus antepasados. “Lo mismo que Aureliano (…) es como si el mundo estuviera dando vueltas”.

De modo que, el tiempo no avanza sino que da vueltas en redondo, mientras la estirpe de los Buendía se extiende, como una enfermedad. Así, es posible afirmar que en esta obra, tiempo y espacio no son homogéneos. El espacio mítico, aquel que define a todos los personajes de la novela, es la casa de los Buendía, que cumple en la historia la función de un templo que nace con la estirpe y desaparece con ella. La casa cumple la función de ser el centro del universo en el que el cielo y la tierra se encuentran. Un centro que toma la forma de un umbral en donde el tiempo transcurre, lentamente, esperando el momento preciso para cumplir con su cometido, pues no es gratuito que, a pesar de todas las guerras y revoluciones, los integrantes de la familia Buendía (con excepción de Rebeca y Meme) regresen a morir en la casa de Macondo. Tampoco, debo decir, resulta sorprendente que la casa sea un espacio sobrenatural en donde conviven fantasmas y tesoros. Es ahí, en ese lugar, donde el tiempo se manifiesta como el Dios del que tanto huyó Melquiades, para pasar por la muerte y salir bien librado de ella.

“A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas habían empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa” (García Márquez, 1967, p. 280).

En este sentido, al interior de la casa se genera una especie de burbuja que mantiene aislado al tiempo y le permite sobrevivir a todas las desgracias que caen sobre el pueblo de Macondo. Ejemplo de ello es el cuartito de Melquiades, en donde el polvo no alcanza a llegar y en donde todos los días parecen marzo y todos parecen lunes. Evidentemente, un espacio sagrado, o mítico, para no cambiar el concepto. Es allí, en donde los pergaminos de Melquiades, escritos en sánscrito, anticipan la historia de la estirpe y en donde el último de los Buendía logra leer, antes de morir, el trágico destino de su familia: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado" (García Márquez, 1967, pp. 484 – 485).

Por consiguiente, es el tiempo el que se configura como agente creador y destructor de este mundo literario planteado por Gabriel García Márquez. Al interior de la novela, la presencia de lo religioso es notoria, pero el tiempo es el que lo ve y lo controla todo, pues el contacto de Macondo con lo divino se da a través de la repetición. Durante toda la novela, los personajes principales lo único que hacen, como lo predice Úrsula, es repetir la vida de sus ancestros. De manera que, todos los José Arcadio actuarán y enfrentarán la vida como el fundador de Macondo y todos los Aureliano lo harán como el coronel Buendía.

Haciendo uso de una cantidad innumerable de hipérboles, García Márquez desplaza al lector por una historia que transcurre en cuatro ciclos, determinados todos ellos por la presencia del tiempo, y divididos en dos conceptos elementales: Mito e Historia. De acuerdo con el maestro Hugo Hernán Ramírez, estos ciclos hacen referencia a una buena parte de la historia y tradición oral de la cultura colombiana, lo que ya se había insinuado en páginas anteriores citando los conceptos tratados por Eliade. Para el lector común, tal vez esta afirmación no sea muy acertada, pero para aquellos que conocemos la historia de Colombia y su repercusión en el resto del continente, adquiere una significación importante. García Márquez lo diría alguna vez en una entrevista: “(…) yo escribí [ese libro] con la esperanza de que cuando la gente lo leyera vieran un espejo de sí mismos, a ver si mejoramos un poquito”.

Tiempo, polvo y, curiosamente, sol y lluvia. Cuatro elementos que consolidan una narración rica en figuras literarias y recursos estilísticos. El tiempo, como ya se ha señalado, está presente en todo momento y cumple la función de entidad omnipresente que todo lo rige y todo lo ve. El polvo, aparece como una marca propia de su paso; polvo y olvido son conceptos que se nutren de la dimensión semántica del “tiempo”, por lo que, siempre van a estar vinculados a él. Por un lado, el sol, un concepto que ya ha sido tratado por Octavio Paz (1914-1998) al analizar los inicios de la narrativa mexicana y la forma de pensar intrínseca en dicha sociedad, aparece en esta novela como una manifestación del dominio del tiempo sobre la vida de las personas cuando en Macondo el factor climático por antonomasia es el calor. Por otro lado, la lluvia, que es manifestación de las facultades divinas que el tiempo ejerce, aparece en la narración cuando en el pueblo comienzan las desdichas y llueve, y sigue lloviendo por cuatro años, impidiendo que Úrsula muera tranquila, que Aureliano Segundo cumpla con sus deberes como esposo de Fernanda, y que los animales en el patio de Petra Cotes dejen de morirse por no tener que comer.

“El aire lavado por la llovizna de tres días se llenó de hormigas voladoras. Entonces cayó en la cuenta de que tenía deseos de orinar, y los estaba aplazando hasta que acabara de armar el pescadito. Iba para el patio, a las cuatro y diez, cuando oyó los cobres lejanos, los retumbos del bombo y el júbilo de los niños, y por primera vez desde su juventud pisó conscientemente una trampa de la nostalgia, y revivió la prodigiosa tarde de gitanos en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (García Márquez, 1967, p. 314).

Ahora bien, ante la indudable capacidad de este autor por generar en los lectores una especie de hipnosis, es evidente que la temática que he escogido para tratar me llevará mucho más tiempo del que tengo previsto. García Márquez no merece una hora o dos, ni una semana o un mes, merece toda una vida de observación y admiración, por eso, estimado lector, considero que este será el primer pasaje de una investigación que espero publicar más adelante a manera de libro. El tiempo, que todo lo sabe y todo lo domina, y que se regocija ante la idea de que las gentes lo consideran un Dios, no tiene miedo de desatar su furia y hacer que llueva durante cuatro años en Macondo, o que haga sol por veinte años en Cartagena, o que la niebla intensa caiga sobre la sabana de Bogotá, y por eso, tampoco tiene temor de hacer que este texto culmine, al menos, momentáneamente. Debo señalar entonces, que no puedo distanciarme de la obra de quien ha sido mi más notoria influencia en la literatura y quien me ha permitido llegar hasta Macondo, un pueblo encerrado en el tiempo.

“(…) Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez, 1967, pp. 484 – 485).



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Referencias


Barthes, Roland (1989) Crítica y verdad. Siglo Veintiuno Editores. México.

García Márquez, Gabriel (1967) Cien Años de Soledad. Editorial Norma, S.A. Bogotá. 2004
García Márquez, Gabriel (2002) Vivir para Contarla. Edit. DeBolsillo. Barcelona, España.
García Márquez, Gabriel (2014) Todos los Cuentos. Penguin Random House. Barcelona, España.
Martin, Gerald (2009) García Márquez, Una Vida. Penguin Random House. Barcelona, España.
Eliade, Mircea (1999) Mito y realidad. Editorial Kairós. España.
Eliade, Mircea (2000) El mito del eterno retorno. Alianza Editorial. España.

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