sábado, 13 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "El País de la Canela", de William Ospina

Ospina, William (2012) El país de la canela. Penguin Random House. Bogotá, D.C.

Hace poco he terminado de leer mi segundo libro del año. Días atrás, escribía un cuento acerca de la forma en que el amor puede hacer que alguien cambie todo lo que es, en tan solo un instante. Mientras lo hacía, estaba leyendo un libro que me hizo cambiar mi perspectiva frente a la historia. Al terminarlo, no pude distinguir entre si era una novela histórica o una novela de personajes, así que decidí no atender a ninguna de las dos etiquetas. Yo creo que es un libro que habla sobre nosotros mismos.

Había escuchado a otras personas hablar sobre la obra de William Ospina. Le veía en la televisión, concediendo entrevistas o realizándolas. Le veía, como si fuera uno más, pero después de que alguien me dijo que él había escrito algo acerca de un país maravilloso, sentí la necesidad de comprar el libro y evidentemente, leerlo. Leí las primeras páginas en una librería, después, interrumpí la lectura por cuestiones disimiles, y tiempo más tarde, regresé a ella, con la satisfacción de haberme encontrado con su autor y haberle pedido que me firmará la novela.

El país de la canela (2012) es una obra que habla acerca de quiénes somos como latinoamericanos, de lo que merecemos saber acerca de nuestra historia y sobre la influencia –la buena– que ejerció España sobre nosotros. El libro comienza con el relato de un joven que abandona a la mujer que lo crió y decide ir en busca de las aventuras que su padre alguna vez vivió. Se encuentra entonces, ante la expedición de Francisco Pizarro y Fernando de Orellana, quienes tenían en mente encontrar el país de la canela. Un país que nunca existió. Tal vez sí existía, pero con otro significado. No era un lugar provisto de tesoros maravillosos que sirviera a las ambiciones de los conquistadores. Era, creo yo, el país de las cosas sagradas que los indígenas conservaban en sus corazones y que producía en los conquistadores una sensación incomparable de miedo:

“A medida que descendíamos el río iba cambiando, aunque más bien debería decir que el río inicial nos había arrojado a otro más grande, este a su vez a un tercero inmenso, y cada semana teníamos la sensación de estar en otro río, en otro mundo. El cauce que navegábamos se había ensanchado de modo considerable, y pululaba a sus lados una vegetación más y más desconocida. Las hojas en las ramas parecieron crecer sin cesar; las arboledas, que se cerraban tanto al comienzo sobre la orilla que por largas extensiones desaparecían la playa, ahora se apartaban, dejando al mundo convertido en un desierto de agua iluminada. Las selvas prietas en la distancia formaban una sola cosa con su reflejo, y daban la ilusión de que había sólo una larga franja de bosques flotando en el cielo” (Ospina, 2012, p. 201).
Cuando terminé de leer esta novela sentí que estaba equivocado sobre lo que pensaba de la colonización. Creía que aquellos españoles nos habían quitado todo, dejándonos una herencia de enfermedad y dolor. Ahora sé que no es así. Tal vez, la forma en que se dieron las cosas no fue la mejor, y quizá, muchas vidas pudieron haberse salvado. Pero todo lo que sucedió, se dio porque tenía que ser así, para que los españoles nos legaran la mejor de las lenguas: el castellano. Nos han heredado la lengua de las mariposas amarillas, de los paisajes tardíos, de los caballeros poco cuerdos, de la vida que no se vive dos veces. El final de la novela es bastante sorpresivo y le doy créditos a su autor por hacer uso de una estrategia narrativa bastante efectiva, el suspenso. El final está marcado por una declaración de quien narra la historia, una declaración que hará que no podamos escapar del país de la canela y tengamos que ir en busca de una serpiente sin ojos, en compañía de Úrsua.

Recomiendo este libro, no para que lo lean, sino para que encuentren un camino que les permita vivir al interior de una selva de papel.

“Si alguien me hubiera dicho en esas campañas, o en mi oscuro escritorio de Valladolid, donde atendía la correspondencia del marqués de Cañete, que un día volvería a estar en las Indias, que la serpiente volvería a silbar en mi oído, que alguien me invitaría a viajar de nuevo a la selva y al río donde murió mi juventud, habría reído, con la certeza absoluta de que esa no sería mi suerte. Logré ser otro hombre y vivir otra vida, y soñé que esa dádiva del destino o del cielo sería para siempre. Y ahora mírame, a la orilla de la selva, mírame conversando en una playa indiana con alguien empeñado en que yo lo acompañe por segunda vez al infierno” (Ospina, 2012, p. 315).




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