lunes, 29 de febrero de 2016

Mis Libros Leídos: "La Hojarasca", de Gabriel García Márquez.

García Márquez, Gabriel (1954) La Hojarasca. Penguin Random House Grupo Editorial S.A.S. Bogotá, D.C – 2014.

“En febrero hacía calor al mediodía…” y en este mes he terminado de leer mi tercer libro del año: La hojarasca (1954), la primera novela publicada de Gabriel García Márquez (1927–2014). 

Los primeros ocho años de su vida los pasaría en compañía de sus abuelos, en la casa grande de Aracataca. Esto permitiría que el pequeño Gabo entrara en contacto con un mundo sobrenatural donde todo era posible y nada estaba fuera del alcance de los humanos. Las historias de una abuela supersticiosa y las enseñanzas de un abuelo apasionado por la política, dividirían la infancia del escritor en dos, hasta que su madre decidiera llevárselo a Sucre, para vivir con su padre y el resto de sus hermanos. Tiempo después, el niño regresaría a Aracataca, para enfrentar la noticia del deceso de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, lo que confirmaría para siempre su terror a la muerte, y lo que, precisamente, es el elemento esencial de toda la obra del escritor caribeño.

De modo que, la historia de este libro es narrada a tres voces, todas escritas a manera de monólogo: la del niño, la de Isabel, y la del coronel, que cuentan la llegada de un médico francés al pueblo de Macondo y su posterior deceso misterioso. A pesar de que las perspectivas de las distintas voces son diferentes y en ocasiones, no encuentran un punto de convergencia, su nivel de importancia es relativo, ninguna de las voces se impone sobre la otra. Bajo esta perspectiva, algunos segmentos de la novela que se centran en recordar la llegada del médico a Macondo y otros eventos relacionados, se vinculan a una estrategia literaria que es heredada a los escritores latinoamericanos desde la época de las vanguardias en Europa, sobretodo en el Reino Unido, representada por escritores como James Joyce (1882-1941) y Virginia Woolf (1882-1941). La dislocación temporal o el flashback, sirve entonces, para enunciar que el médico viviría durante muchos años en la casa del coronel, un conocido de la familia de los Buendía, hasta que decidiera irse a una casa cercana para vivir con Meme, en concubinato. Todo marcha bien, hasta que el médico decide no cumplir con sus deberes de curandero del pueblo y se encierra, durante diecisiete años, aislándose de todo y de todos; lo que haría que la gente de Macondo se olvidara de él, pero que no evitaría que el rencor colectivo producido por sus actitudes ante la situación de los heridos de la guerra, se tornara cada vez más agresivo. Un día, el médico es encontrado muerto en su casa, y el coronel se ve envuelto en una odisea por enterrar el cuerpo sin vida de quien alguna vez llegara a su casa vestido como militar y con una carta de recomendación del mismísimo coronel Aureliano Buendía, situación que no agrada mucho a los habitantes del pueblo, ni a Isabel, ni a nadie que alguna vez hubiese recordado la llegada del médico francés al pueblo de las veinte casas de barro y cañabrava. Entonces, el coronel debe decidirse por cumplir con su palabra o dejar de lado su dignidad y evitar enfurecer a las masas.

“Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte…” (García Márquez, 1954, p. 13).


¿Qué es la hojarasca?, se preguntará el lector en repetidas ocasiones, y es que constituye, desde el título, aquel elemento misterioso que se presenta en la historia. Después de haber leído con atención la novela, puedo afirmar que se trata de una condición espacio-temporal que el autor utiliza para referirse a una situación específica en la historia del pueblo, pero a la vez, se trata de una figura mística que lo decide todo en relación con el destino de Macondo.

Para terminar, debo decir que la obra de García Márquez no deja de sorprenderme, y quienes me conocen, pueden dar testimonio de la fascinación literaria que obtengo al leer al gigante de Macondo. Recomiendo, entonces, la lectura de este libro, en su tan preciosa edición de Penguin Random House, a todas las personas que leen estas páginas y a quienes disfrutan de la literatura, aquella ciencia errante en busca de un receptor atento.

“Veo la casa por la ventana y pienso que mi madrastra está allí, inmóvil en su silla, pensando quizás que antes de que nosotros regresemos habrá pasado ese viento final que borrará este pueblo. Todos se habrán ido entonces, menos nosotros, porque estamos atados a este suelo por un cuarto lleno de baúles en los que se conservan aún los utensilios domésticos y la ropa de los abuelos, de mis abuelos, y los toldos que usaron los caballos de mis padres cuando vinieron a Macondo huyendo de la guerra. Estamos sembrados a este suelo por el recuerdo de los muertos remotos cuyos huesos ya no podrían encontrarse a veinte brazas bajo la tierra. Los baúles están en el cuarto desde los últimos días de la guerra; y allí estarán esta tarde, cuando regresemos del entierro, si es que entonces no ha paso todavía ese viento final que barrerá a Macondo, sus dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos” (García Márquez, 1954, p. 166).

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