lunes, 3 de octubre de 2016

Mis escritos: Manifiesto de un votante inconforme

Esperaba un país diferente, uno en el que las armas no fueran más importantes que los libros, uno en el que las personas pudieran aprender de sí mismas. Pero, no fue así, me tocó vivir en Colombia.

Yo voté por el SÍ, porque quería saber qué ocurriría en los días siguientes, porque quería dejar de sentirme intranquilo. Voté por el SÍ, porque era mi deber como colombiano.

El 2 de octubre de 2016, 7 días antes de mi cumpleaños, me desperté temprano, con la ilusión de poder vivir un día distinto. Saludé a mis padres y desayunamos juntos. Nos vestimos para salir a ejercer nuestro derecho al voto. Sólo había que caminar por un par de cuadras. Estaba lloviendo. En el camino, me fijé en la gente que, con sombrillas sobre sus cabezas, andaban meditabundos, como queriendo cambiar. Yo, que no soy muy fanático de los temas de la política, sentía un tanto más de esperanza que en otros días. Tal vez, entendía que por primera vez estaba latente la posibilidad de cambiar.

Al llegar al sitio, nos dividieron a hombres y mujeres, entramos y recuerdo que lo primero que se me ocurrió decir fue: ¡qué decepción! La cantidad de personas que estaba allí para votar era tan poca que podía contarse con los dedos. Caminé hasta la mesa que me fue asignada y voté, no sin antes fijarme en el evidentemente aburrimiento que expresaban quienes coordinaban las acciones de los votantes. Con esas caras, cualquiera se desanima. Deposité el papel con mi voto en una urna y me dirigí hacia la puerta de salida. Allí esperé a mis padres y regresamos a casa. Durante el resto del día decidí aislarme del tema y distraerme con otras cosas. Terminé de leer un libro, mi favorito, vi una película, jugué al fútbol en mi consola de videojuegos y completé una tarea que tenía pendiente. Para cuando llegó la noche, la esperanza se había disipado.

A las 6pm comprendí algo que se me había presentado cuando estuve en México, un año antes, pero que no había sido claro hasta ese instante: Amo a mi país, no a las personas que lo ocupan. Me hallé defraudado ante mi patria. Publiqué en mi página de facebook una frase sencilla, pero que expresaba todo lo que sentía en ese momento: ¡qué país de mierda! Vivo en un país de mierda que en ocasiones como ésta, se olvida de que pesan más las ganas de vivir que las de matar, y que celebra el regocijo de un asesino que sonríe victorioso desde su finca erigida con la sangre de los inocentes. Es triste, es deplorable, es patético. Vivo en un país de gente que acaba con la gente. Lamentable.

En materia de política no hay nada que hacer, nunca estaremos de acuerdo, es nuestra naturaleza. Pero, sí de humanidad se trata, tal vez haya esperanza. Ahí está esa palabra, otra vez ¿Por qué siento que nadie la puede borrar? Es cierto, entonces, que es la esperanza lo último que se pierde.

Ganó el NO a la paz, es una lástima. Pero, quienes votamos por el SÍ, sabemos que perdimos una batalla, pero no la guerra. Una guerra sin armas, una con libros y lápices de colores, sonrisas y lágrimas de alegría. Yo voté por el SÍ, porque confío en que podemos mejorar. Cambiar nos quedó difícil.

Esperaba un país diferente, uno en el que la paz fuera el sueño de todos. Pero, no fue así, me tocó vivir en Colombia.

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