lunes, 21 de noviembre de 2016

Mis escritos: Querida Itzel

Escribo esto como medio para recordarte. La memoria no me da para tanto y después de un rato comienzo a confundirme. No puedo evitar verte frente a mí, hablando, y de repente, una nebulosa inquietante se apodera de mí y allí no distingo nada más que formas y sonidos. Más allá de los recuerdos, la vida no tiene sentido.

Te veo y eres hermosa, con tu cabello rojizo, un poco más abajo de la altura de los hombros. Tus ojos delicados, finamente delineados y provistos de un brillo especial. Los lentes que llevas puestos, cuyo marco es de color negro, te hacen ver como una estrella de cine. La textura de tu tez es tranquila, apacible. Tu cuello es fino y delgado. Tu pecho se asoma sigiloso sobre un vestido del color del vino tinto, y tu espalda está descubierta y puede verse la calidez de la piel. Es como el color de la canela, pero no tan oscura, un tanto más tierna. Tus manos brillan con la luz del sol. El contorno de las uñas está delineado con una fina capa de cristales. Tu cintura es delgada. Tus piernas son esbeltas, ni muy largas, ni muy cortas. Casi perfectas. Tienes una fina mancha de color gris en una de ellas: es la pierna derecha. Los dedos de tus pies son lo suficientemente pequeños como para caber entre los míos. Pero no me animo a decírtelo. Sólo te escucho hablar:

"La historia familiar se remonta a inicios del siglo pasado, y quién sabe si se da desde inicios del mundo mismo, cuando los tatarabuelos llegaron a Juárez y se asentaron como buenos sedentarios. Pero no es necesario ir tan lejos. Aquel día en que me enteré de la existencia de mi hija fue el peor de la vida. Antes de ella, me encontraba segura de muchas cosas, de lo que quería lograr, de mis sueños, de lo que anhelaba vivir. Luego, todo se desplomó, como si cada partícula que componía mi cuerpo y mi espíritu desapareciera de repente; como si el tiempo se detuviera y el fuego invadiera mi pecho, el hielo ocupara mi vientre; como si la muerte estuviera próxima a llegar. Estaba paralizada ante las peores noticias que alguien pudiera haberme dado en mucho tiempo.

Saber que se tiene a una persona dentro del cuerpo es un episodio monstruoso, porque no se sabe si las cosas salgan bien o mal; si quienes están implicados harán lo correcto o no; tan solo el llanto es participe silencioso de lo que sucede, y los días posteriores son los más horribles. Pero después viene la calma y todo es más claro. Todo pasa por algo. Si una nueva persona ha de llegar al mundo, hay que asumirlo y recibirlo de la mejor manera. Sin embargo, es difícil entender el hecho de que ser madre es algo real, porque aunque no se quiera aceptar ya ha sucedido: no se tiene al bebé en los brazos, pero ya se le ha dado la posibilidad de existir, porque se mueve y respira, y ante eso no hay marcha atrás".

***

Me hablas como si yo supiera lo que es ser madre. No lo sé, y aun así me esfuerzo por entenderte, mientras me hablas con tu español mexicano que es la neta y sólo tú eres incapaz de notarlo: 

"El mejor día de mi vida fue cuando al fin la tuve entre los brazos; en ese momento, viéndola, tan pequeña, fue como si el tiempo se detuviera, una vez más. Antes, todo había sido como un sueño; como si estuviera dormida y después despertara en una habitación de hospital, y me pregunto, aún, cómo llegué ahí, en qué momento conduje el auto, cuándo me cambié la ropa y vi a los doctores. Fue todo como en una película. Y ahí estaba yo, después, con mi bebé. La escuchaba llorar y pensaba que no podía haber nada más hermoso en el mundo. Era bellísima, pequeña, inocente, frágil, perfecta. De repente, un botón en mi interior se encendió y todo cambió para siempre. Paula existía al fin".

***

Te recuerdo frente a mí, a ti, Itzel. Es imposible no sonreír ante lo que me cuentas. No es la historia de tu vida, sino de cómo el amor puede mejorarlo todo. Me dices que no tienes nada más para contar, pero no hacen falta las palabras, basta con verte a los ojos. Sonríes y yo te miro. Entiendo, al mejor estilo de un escritor conocido, que es la vida y no la muerte la que no tiene límites.

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